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¿De qué muerte se trata en la pulsión de muerte?


Publicada el 26/11/2017 por Luis Vicente Miguelez





¿De qué muerte se trata en la pulsión de muerte?

Díganle al paciente que hay algo en

él que hay que matar, hay un monstruo

que hay que sacrificar, pero que no es él.

Gisela Pankof

 

La introducción por Freud del concepto de pulsión de muerte en la teoría marca un antes y un después en la orientación de la clínica psicoanalítica. Extiende el horizonte de su acción a otros campos donde el retorno de lo reprimido y el principio de placer son insuficientes para comprender ciertos fenómenos psíquicos. Se abre un espacio de comprensión y  práctica del análisis donde van a primar los efectos del retorno de lo inconsciente no reprimido y de la compulsión de repetición, de lo que sin inscripción significante se presenta al sujeto como sensación de catástrofe inminente, de apoderamiento de su ser por lo siniestro o bien de lo que Bion llamó “ the nameless dread”( el pavor sin nombre).

Pedazos de la historia cercenados a la transmisión que surgen a la luz del día en forma extravagante sorprenden al sujeto en análisis y al analista.

Winnicott, fue quien mejor pudo descifrar estos momentos donde el fluir del tiempo queda suspendido y adviene un área de muerte que escapa de la historia vivida. Él los denominó con la expresión del miedo al derrumbe. El paciente necesita en esos momentos recordar algo, pero no es posible recordar algo que aún no ha ocurrido, dice Winnicott, y agrega con su estilo paradojal, ese algo del pasado aún no ha ocurrido porque el paciente no estaba allí para que le ocurriera. La catástrofe tuvo lugar pero no pudo inscribirse y se presenta entonces como catástrofe inminente, como fin de mundo. Esa catástrofe que ya tuvo lugar fue forcluida de la inscripción significante y no pudo ser inscripta como pasado pues el sujeto de la palabra no estaba allí. Nada le fue dado desde el Otro para nombrar lo ocurrido.

Todo análisis llevado a su término tropieza en algún momento con aquello no inscripto, un pedazo de Real no asimilado dejando en jaque, al menos momentáneamente a las herramientas habituales con que nos manejamos. Nos enfrentamos a una historia donde el sujeto de la palabra no ha terminado de constituirse, dejando a éste desarmado entonces ante una historia que reducida a la nada no deja de insistir amenazadoramente. Situación paradojal, encrucijada transferencial que nos conmina a poner el cuerpo de una manera más decidida.

Nos encontramos frente a los vacíos del otro, a esas zonas petrificadas del alma, donde el ánimo desfallece y debemos prestar el soporte de nuestro ser ante la angustia desmesurada del paciente.

En la transferencia, el horror a la escena cercenada de la historia que escapa a la palabra implica decididamente al analista. La emoción que éste experimenta, que se le impone, sin dejar de ser propia, proviene de ese lugar mórbido que emanando de zonas escindidas del psiquismo, se presentifican en la transferencia. El analista entonces deberá, haciendo lugar a sus propias resonancias, encontrar las palabras adecuadas que produzcan un intercambio simbólico que nunca tuvo lugar y que intenta inscribir la catástrofe en la historia del paciente.

Parafraseando a Witgenstein podemos decir que aquello que no se pudo decir no se puede callar.

Lo que denomino catástrofe comparte con el  trauma  el hecho de que un exceso de lo real, una exigencia desmesurada al psiquismo condujo al fracaso de la inscripción de un acontecer dejándolo por fuera de la cadena simbolizante. Uso sin embargo este término, el de catástrofe, porque quiero subrayar el carácter colectivo y transgeneracional del acontecer traumático. Insistiendo, más que en un suceso individual, en el lazo que se establece entre lo no asimilado, lo no tramitado generacionalmente y lo no inscripto en el simbólico que compete decididamente a un sujeto.

Catástrofe que en nuestra clínica puede referirse a un padre que perdió la dignidad, a una madre loca que alucina un hijo muerto, a un desamparo radical de un niño no bienvenido, expresión acuñada por Ferenczi para referirse al verdadero trauma de nacimiento, o a otras circunstancias de vida donde faltó una palabra que nombre el acontecimiento que marcó decididamente la historia familiar. Esa falta hace entonces destino, pervive en la transmisión generacional como catástrofe por- venir.

 

Cuando Freud pensó en un tipo de pulsión más allá del imperio del principio de placer todavía no se habían acallados los ecos de los gritos de dolor y de horror de la primera guerra mundial. Este hecho no nos debe resultar indiferente. En lo que hoy pretendo comentarles y poner a discusión adquiere importancia. La catástrofe ha ocurrido y se vive los efectos de ella. Regresan los mutilados de la guerra de todo tipo, física y mentalmente dañados por los impactos de una muerte tan cercana que la traen en sus miradas vacías. Aquellos seres que regresaban del horror de la guerra traían consigo estados vecinos a la muerte, donde la vida puede continuar bajo apariencia mientras en verdad nada vive.

La catástrofe nunca puede ser asimilada en su totalidad, un resto insiste como retorno de un real sin palabra que lo anude a una cadena simbólica.

Esa fuerza muda que insiste mórbidamente conduce a la autodestrucción si no encuentra las palabras verdaderas que nombren de alguna manera el lugar del sujeto en esa catástrofe. Es la enunciación la que fue dañada y necesita reconstruirse.

Que Freud haya situado el concepto de pulsión de muerte más allá del principio del placer es de por sí toda una definición de hacia donde se dirigía su introducción.

Pulsión de muerte como concepto enigmático que plantea todavía a su interlocutor el desafío de encontrar el lugar donde este concepto pueda seguir hablándole. Exigencia teórica que las distintas generaciones de analistas no han eludido, no han podido eludir ya que compete a los momentos más acuciantes de nuestro quehacer clínico.

Vayamos a paso lento, voy a intentar desplegar ciertas cuestiones e interrogantes que me fueron surgiendo al volver a revisar lo que este concepto me transmitía.

Freud comienza llamándonos la atención sobre lo demoníaco de una fuerza que independiente del placer y oponiéndose a éste insiste en manifestarse en forma de compulsión repetitiva. Insistencia que, como sabemos, no es la del retorno de lo reprimido y que no busca la satisfacción libidinal ni resolver experiencias displacenteras.

¿Qué busca entonces?  ¿Cuál es su meta? ¿Qué hacer con aquello que no se puede domeñar, ni ligar y retorna vigorosamente?

Preguntas que más que provocar una especulación teórica no pueden evadirse en la práctica clínica cotidiana.

El concepto de pulsión de muerte nace fuertemente asociado a la expresión de lo mórbido, lo mortificante en el psiquismo, a una fuerza de insistencia perturbadora, que tiene su modelo en la compulsión repetitiva y que se halla enlazada fuertemente con lo traumático. También será un modo extremo de la pretensión de alcanzar por la vía más rápida un apaciguamiento de la tensión imperante, lo que Freud denominó tomando el término de la filosofía hinduista el Nirvana.

El punto de partida de Más allá del principio del placer es una pregunta que se hace Freud y que a mi parecer es central y resuena fuertemente en nuestra práctica. Freud se pregunta si puede el esfuerzo (drang) de procesar algo impresionante, de apoderarse enteramente de eso, exteriorizarse de manera primaria e independiente del principio de placer.

Esta es la pregunta que se hace Freud y que de alguna manera sigue haciéndonos a nosotros sus discípulos.

En los argumentos que va ensayando surge uno que me parece de suma importancia para mi propio recorrido sobre el tema. Al referirse a la repetición de situaciones penosas se plantea que el eterno retorno de lo igual (insatisfactorio ya en su momento anterior) sorprende mucho más cuando la persona parece vivenciar pasivamente algo sustraído a su poder, a despecho de lo cual vivencia una y otra vez la repetición del mismo funesto destino.

En esta observación  frente al destino fatal repetidamente vivenciado en los seres humanos ve Freud una compulsión repetitiva que se instaura independiente del principio de placer y que se muestra más imperiosa que éste supuesto rector de los procesos anímicos.

Una breve viñeta clínica al respecto. Un poco antes de nacer Susana su padre enloquece. La madre regresa con su hija a la Argentina. Susana no ve al padre hasta los dieciocho años, no le cuentan nada de él, y  advierte ya de niña que entre su madre y su abuela se instaura un comportamiento de receloso ocultamiento. Cuando finalmente consigue encontrarse con su padre, este encuentro es bastante decepcionante. Éste habiendo formado otra familia la trata con cierto menoscabo, haciéndola sentir poco valorada.

Abreviando, en su historia de vida se repiten elecciones amorosas donde surgen sospechas de perversidad o locura en los hombres que elige. Finalmente se casa y al cabo de un tiempo descubre cuestiones que voy a denominar bizarras en el comportamiento de su pareja y decide separarse.

Sin haber tenido hijos, llega a la consulta en una edad en que su reloj biológico va anunciando el término de la oportunidad de quedar embarazada. Cosa que ella desea y para la  que dice haberse preparado toda su vida.

Estudios continuados sobre fertilidad, ponen cierto grado de expectativa en un posible embarazo. Embarazo querido pero de ninguna manera buscado. Sus relaciones pasajeras, despiertan siempre la desconfianza de la locura detrás de la apariencia masculina. Pasa el tiempo y la repetición de sus elecciones y el sostenimiento del deseo de tener un hijo fruto de un embarazo sigue inalterable. Mantiene la ilusión casi en el borde de lo irracional, continuando con las consultas sobre fertilidad pero sin asegurarse por ejemplo la congelación de óvulos.

Me pregunto en esos momentos del tratamiento que irá a pasar cuando la ilusión caiga definitivamente. Me siento incómodo y comprometido en una especie de encerrona.

Decido jugar una carta distinta, en el sentido de plantearle en un momento de reiteración de su deseo de tener un hijo que tal vez no quiso tener hijos aun preparándose siempre para ello.

Después de un dolor inmenso. Se produjo un alivio, un cambio en el ánimo de la paciente y un mejor estar del analista que se descubrió entrampado en una ilusión mortificante que repetía en la locura del deseo de embarazo un estado anterior al nacimiento de la paciente.

En ese punto del análisis se produce un momento de inflexión que obliga a someter el encuadre analítico a revisión crítica. Es imposible en esos momentos seguir sosteniendo la neutralidad analítica.

Retomando el punto en el que Freud se plantea la importancia capital que cobra la compulsión repetitiva en la constitución del devenir del sujeto y su lazo con un destino mortificante que no se rige por el principio de placer-displacer, quisiera referirme a otro autor que desde una perspectiva distinta abordó el tema de la repetición en la historia colectiva. Perspectiva que espero aporte un ingrediente más a este desarrollo en torno a la pulsión de muerte.

Walter Benjamin en sus tesis sobre el concepto de historia, escritas durante un guerra mundial, en este caso la segunda,  se pregunta ¿no nos sobrevuela algo del aire respirado antaño por los difuntos? ¿Un eco de las voces de quienes nos precedieron en la Tierra no reaparece en ocasiones en la voz de nuestros amigos?.

Existe un acuerdo tácito entre las generaciones pasadas y la nuestra, dice Benjamin. Nos han aguardado en la Tierra. Se nos concedió, como a toda generación precedente una débil fuerza mesiánica sobre la cual el pasado hace valer su pretensión.

Benjamin introduce la idea de que la felicidad individual, si podemos llamarla así, implica la redención del pasado, la realización de lo que había podido ser pero que no fue. Esta fuerza redentora obliga más allá de la rememoración a desclausurar el padecimiento pasado volviéndolo al presente. A una suerte de reparación en el presente de aquello que las generaciones pasadas transmiten como deuda a las futuras.

Curioso es encontrar en otro autor insospechado de todo misticismo como fue Augusto Comte, el padre de la sociología positivista, una definición del cerebro tan afín con lo que venimos desarrollando y tan enigmática como lo que nos plantea la idea de pulsión de muerte. Comte dice de este órgano que es un aparato de la acción de los muertos sobre los vivos.

Vemos como el expediente de la muerte se reconoce en toda relación donde el hombre viene a la vida como ser histórico.

Ambos pensadores introducen en la dimensión humana una fuerza que sería testimonio y presencia inconsciente de las demandas de los muertos sobre los vivos. En la sucesión de las generaciones vemos transmitirse una fuerza que insiste en repetir estados pasados no resueltos, no asimilados definitivamente como pasado a los que Benjamin denominó, no sin un eco místico, débil fuerza mesiánica.

Volviendo a Freud. ¿Acaso éste no concibe las pulsiones como un esfuerzo inherente a lo orgánico vivo, un esfuerzo de reproducción de un estado anterior que lo vivo debió resignar bajo el influjo de fuerzas perturbadoras externas? Serían, afirma Freud, la exteriorización de la inercia en la vida psíquica.

Con el ejemplo propuesto de los peces y de las aves migratorias cuyo comportamiento busca retornar a las moradas anteriores de sus especies, aun con su connotación bucólica, muestra su intención de ligar el drang pulsional a la línea histórica de la especie.

Aunque esto resulte algo místico, como él mismo confiesa, no puede sino sostener que la orientación regrediente y la tendencia al restablecimiento de un estado anterior es la característica central del montaje pulsional. Se trata de alcanzar una anterior meta a través de viejos y nuevos caminos. Como se ve renuncia a pensar una pulsión de progreso evolutivo, que tenga como fin algo nuevo a alcanzar hacia adelante.

La cuestión se complejiza más cuando afirma que ese estado anterior al que aspira toda pulsión no fue nunca alcanzado.

Si las pulsiones sexuales (de vida) como la de muerte espejan estados anteriores de la sustancia viva, pretenden establecer un estado anterior en una suerte de compulsión repetitiva, la pregunta que se impone es ¿en que se diferencian para justificar la dualidad pulsional?.

Partamos de una afirmación que surge de lo que venimos diciendo. La pulsión de muerte no se orienta hacia la muerte como final último de un recorrido de vida. No empuja hacia adelante buscando como desenlace la muerte del organismo como meta que clausure todo tensión en el psiquismo. Se orienta como toda pulsión hacia lo anterior. Freud situó como fin último de la pulsión de muerte la regresión hacia lo inorgánico, anterior a la vida. Nos suena algo extraño que denomine muerte a esto, paradojalmente coloca la muerte en el origen, como anterior a la vida misma.

Ahora bien, mientras las pulsiones sexuales (de vida) se encaminan hacia la primera experiencia de satisfacción, mostrando así su carácter regrediente, la pulsión de muerte, acentuando aún más esta característica regresiva, se orientan hacia lo anterior a toda experiencia de satisfacción. Se dirige hacia lo que antecede a dicha experiencia que inscribe la huella del encuentro con el Otro.

La fuerza pulsional que nomina Freud como pulsión de muerte no  se sitúa en ese terreno. Se encamina hacia un tiempo anterior al del acontecer individual. Freud utilizó la idea de regreso a lo inorgánico.

Propongo no sin cierto vértigo, que esa regresión a lo inorgánico podemos sustituirla por una tendencia, una fuerza que empuja hacia el trauma universal que precede todo nacimiento humano. Es decir la pulsión de muerte sería un esfuerzo de lo psíquico de alcanzar no la muerte propia si no la muerte en tanto acontecimiento inaugural de la cultura, es decir de la civilización.

Freud en época cercana a la que se ocupa de la pulsión de muerte, se interesa por el origen civilizatorio  y postula, como es sabido, que éste se localiza en el asesinato del proto-padre y en sus consecuencias. Lo que inaugura la comunidad humana es un asesinato, y no cualquiera sino el del padre.

No  es posible entonces, pensar que la pulsión de muerte represente en el psiquismo la repetición compulsiva de lo que no fue asimilado de ese acontecimiento inaugural. Una exigencia a lo psíquico de lo no saldado por las generaciones precedentes.

Es la muerte, en tanto asesinato, lo que acciona en la historia de la humanidad. El considerar la muerte como producto de causas internas al organismo sea tal vez una de las ilusiones engendradas para soportar el penar del existir, advierte Freud y agrega que los pueblos primitivos desconocen la idea de una muerte natural, atribuyendo toda muerte a la influencia de un enemigo o espíritu maligno. Es la acción de los muertos sobre los vivos.

Si asimilamos la idea de asesinato del padre a toda forma de catástrofe que de generación en generación va constituyendo la línea genealógica de la civilización humana y además consideramos que la catástrofe no puede ser plenamente inscripta nos encontramos con que cada generación debe procesar la deuda que la generación anterior le transfiere.

Así también en el caso del sujeto su nacimiento viene precedido de catástrofes no inscriptas, en mayor o menor monto, verdaderos traumas de nacimiento de los cuales el sujeto no puede escapar ni con el recuerdo ni con el olvido. Cercenadas a la palabra funcionan como fuerzas de atracción a un estado anterior que busca reproducirse.

La pulsión de muerte es la expresión teórica de una fuerza que en el psiquismo pugna por una afiliación primera, sería el esfuerzo por ligar lo que se resiste a ser ligado, asimilar aquello que persiste como exceso por falta de huella que lo sitúe como experiencia inaugural. Su destino imposible es alcanzar un estado anterior a la catástrofe, nirvana o como se lo quiera denominar. Imposibilidad determinada porque la catástrofe es constituyente del orden civilizatorio en el que se inscribe la subjetividad humana. Pero paradojalmente esa catástrofe del pasado nunca ocurrió porque el sujeto no estaba allí para que le ocurriera.

Para finalizar. Diremos con Freud que si bien la pulsión de muerte destituye el reinado del principio de placer en el psiquismo es también aquello que lo posibilita. Es el nombre de esa fuerza inaugural que tiende a empujar al organismo humano a un estado anterior a su nacimiento, a un estado anterior a toda catástrofe y que suministra la contingencia de que el encuentro con el otro de la necesidad se convierta en un encuentro con el Otro de la cultura. En tanto éste es el representante de la acción de la palabra asesina de la cosa en el vínculo humano. De ese encuentro con el Otro de la cultura se instaura la huella de satisfacción-insatisfacción, es decir la experiencia donde el placer hallado nunca va a coincidir con el buscado y donde el organismo así sexualizado emprende la marcha bajo el imperio del principio de placer-displacer hacia la subjetivación sexuada. Pero esta fuerza que anhela el estado anterior pervive en fusión con la pulsión sexual imponiéndole cada vez el camino regrediente que constituirá el circuito pulsional donde se prefigurará el objeto siempre perdido.

Esta es la intrincación pulsional de la que habla Freud. La pulsión de muerte sin embargo puede tener otro destino, separarse de la de vida.

Cuando en el encuentro  con el otro no se inscribió o se borroneó la huella primera. En ese caso el empuje pulsional seguirá su camino hacia el vacío absoluto, hacia la nada previa a toda inscripción humanizante.

De las falencias de esta vacilación  inaugural tenemos testimonios constantes en la clínica. Cada vez que el sujeto se encuentra con la falta, no de objeto, sino de la huella que precede y posibilita la relación de objeto, deviene la amenaza de catástrofe inminente, de horror sin palabras, de extrañamiento, de caída infinita o de derrumbe psicótico.

Un último agregado al tema que estoy tratando. Si bien Freud nombra en textos posteriores al del Más allá del principio de placer indistintamente pulsión de muerte y pulsión de destrucción, considero que tienen un punto en común pero nombran dos fuerzas pulsionales diferentes.

La pulsión de muerte deviene pulsión de destrucción en su intrincamiento con la pulsión de vida, cuando se dirige hacia el afuera, cuando se dirige hacia los objetos con ayuda de órganos particulares. Pulsión de muerte y pulsión de destrucción nombran dos momentos constitutivos diferentes y dos orientaciones y fuentes distintas. También denominada pulsión de dominio Freud la había mencionado en escritos anteriores. La amalgama de pulsión de vida y de muerte se puede dirigir hacia afuera o volver sobre el propio yo, como objeto libidinal.

Ahora bien disociada de las pulsiones de vida, no puede más que buscar alcanzar un mayor confín regresivo, el momento anterior a la experiencia de satisfacción-insatisfacción que inscribe el encuentro con el Otro, el momento anterior a la catástrofe estructural y singular de cada nacimiento.

Más allá del principio del placer es un más allá que invoca el lazo insoluble entre el placer y la muerte. El juego del carretel nos muestra claramente que el placer del retorno no empata el movimiento del niño que arroja el carretel hacia la nada. Se repite independiente del principio del placer.

 

Referencias bibliográficas

S. Freud, Más allá del principio del placer. Ed. Amorrortu

F. Davoine y J.M. Gaudilliere, Historia y Trauma. Ed. Fondo de Cultura Económica

W. Benjamin, Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Ed. Itaca

 

 

Luis Vicente Miguelez

Buenos Aires, noviembre 2017