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Interrogando la frase de Freud: "Cultivo puro de la pulsión de muerte"


Publicada el 05/12/2017 por Rubén Mario Dimarco





INTERROGANDO LA FRASE DE FREUD “CULTIVO PURO DE LA PULSIÓN DE MUERTE”

Rubén Mario Dimarco

rubenmariodimarco@gmail.com

 

 “No me preguntes por la Infanta Margarita, ni por el perro, ni por la enana. Yo solo pinto el aire que hay entre ellos”

Diego Velázquez (sobre Las Meninas)

 

J. L. Godard ubica esta cita de Velázquez en su film Pierrot el Loco para destacar el valor del vacío –efecto del entre– creativo. Quintaescencia de modos de ligaduras propios de la pulsión de vida. En contraposición con la experiencia destructiva de su personaje Pierrot- J.P Belmondo. En efecto, en el final, como corolario de una errancia y de un negativismo violento, extremo, decide envolver meticulosamente su cabeza con muchísimos cartuchos de dinamita, enciende la mecha y explota. Definitiva desintegración del ser. Agujero de la nada. El colmo del absurdo de esta vida (¿?) es que Pierrot se arrepiente, y con un gesto torpe trata de apagar la mecha, diciendo: “Mierda”: ¡tarde! ¡Explota!... pura pulsión de muerte. “Entre la pena y la nada, elijo la pena”, dice un personaje de Faulkner. Mitchel, otro personaje también errático de Godard, en Sin Aliento, dice: “entre la pena y la nada, elijo la nada”. Mitchel, al al final, muere como un perro.

 

1. “El superyó es como un cultivo puro de la pulsión de muerte”

Me interesó titular este trabajo “Interrogando la frase de Freud ‘cultivo puro de la pulsión de muerte’”, tal como aparece en El yo y el ello[1], parafraseando “La frase de Nietzsche: ‘Dios ha muerto’”[2] de Heidegger en Caminos de bosque, en principio, porque en dicho escrito Heidegger propone una manera de pensar, dice: “a partir de todo lo pensado” (en su caso por Nietzsche tomando esa frase tan potente). También dice que “todo pensamiento es preparatorio”. Mi intención es intentar sacarle el máximo de jugo a la no menos potente y provocadora frase de Freud antedicha. Sería muy interesante para el tema –aunque excede el propósito de este trabajo– reflexionar acerca de la relación entre las dos frases.

Quizás resulta aliviante aceptar el carácter “preparatorio” que tendrá este escrito, ya que, como sabemos, el concepto de pulsión de muerte es uno de los más polémicos y contradictorios (entre la paradoja y aporía) del psicoanálisis. Recordemos que la frase aparece en el capítulo v “Los vasallajes del yo” en El yo… que es de 1923, después de haber introducido la pulsión de muerte en 1920 en Más allá del principio del placer. Conviene establecer una primera salvedad: las observaciones y conclusiones que iré sacando provienen de la traducción que propone Etcheverry que, según averigüé, en este caso es bastante fiel al propósito freudiano (sabemos que no siempre es así). Lamentablemente, la de Lopez-Ballesteros achata mucho: “En el superyó reina entonces el instinto de muerte, que consigue, con frecuencia, llevar a la muerte al yo, cuando éste no se libra de su tirano refugiándose en la manía”[3]. Iré ahora a la traducción que nos abre, a mi entender, a la complejísima trama de los ancestros y de los contemporáneos[4] que echan luz y nos permiten pensar sobre los modos de la violencia en los lazos en sus diferentes configuraciones: “Lo que ahora gobierna en el superyó es como un cultivo puro de la pulsión de muerte, que a menudo logra efectivamente empujar al yo a la muerte, cuando el yo no consiguió defenderse antes de su tirano mediante el vuelco a la manía”[5]. Consignemos que Freud se “engolosina” con la caracterización que hace acerca de “cultivo puro”, ya que en la misma página vuelve a nombrarlo y también habla de “almácigo”. En efecto, unos párrafos después –evidentemente para enfatizar la cuestión que está trabajando, según mi lectura– al referirse a uno de los tres vasallajes del yo –el que lo somete a la severidad del superyó[6]– dice que “el yo es el genuino almácigo de la angustia”[7]. Lo notable de esta denominación –“cultivo” (y su énfasis en “almácigo”)– es que la expresión alemana Kultur nombra tanto “cultivo” como “cultura”. Amerita decirse: la cultura como cultivo. También están en juego expresiones tales como “cultivar”, “sembrar”, “fructificar”, “cuidar, honrar”, “crianza” (!). ¡También los “campos de concentración”! ¡Qué paradójico que “puro” (“cultivo puro”) aplique tanto a la faz de vida de lo pulsional, a Eros, al mismo tiempo que –según la cruel, irónica articulación freudiana– a pulsión de muerte![8] Sin embargo, se trata del superyó y de las tramitaciones fundamentalistas del Ideal a través de mandatos severos, unívocos. Ideal no en su vertiente de ideal de yo, siempre propiciatoria –en la medida de la aceptación de la falta– sino en su vertiente de yo ideal, que es vertiente de clausura narcisística omnipotente, tiránica.

La clínica actual también muestra que cuando no se instala ninguna forma del Ideal, ninguna forma del narcisismo, los efectos en la subjetividad y en los lazos son todavía más devastadores. Se trata en estos casos de las problemáticas en la subjetividad donde no se cumple la operación instituyente de alienación al Otro por forclusión del Deseo de la Madre y del Nombre del Padre, según las conceptualizaciones de Lacan[9] acerca de las vicisitudes de las operaciones –alienación y separación[10]– de constitución subjetiva que ameritan ser pensadas como operaciones que se siguen tramitando –de otra manera (con la acumulación de las experiencias)– en el decurso de la existencia en las diferentes circunstancias donde opere o no la posibilidad de simbolización. Cabe reconocer la acción feroz del superyó donde se puede rastrear el laborioso trabajo de lo tanático en sus diferentes formas a través de varias generaciones y de instituciones en determinados procesos melancólicos[11]. “Ahora bien, ¿cómo es que en la melancolía el superyó puede convertirse en una suerte de cultivo puro de las pulsiones de muerte? (…) Es asombroso que el ser humano, mientras más limita su agresión hacia afuera, tanto más severo –y por ende más agresivo– se torna en su Ideal del yo (…) inclinación de su ideal a agredir a su yo (…). El superyó se ha engendrado, sin duda, por una identificación con el arquetipo paterno”[12]. O cabe reconocer dicha acción cuando la agresión se desplaza hacia afuera, hacia el mundo (peor aún, cuando es vía Ideal) en el sadismo “idealista” de tantos asesinos seriales o de “misiones patrióticas” para erradicar “el Mal” que parece amenazar la supuesta “pureza” de alguna llamada “democracia” contemporánea. Cabe reconocer también los efectos de los imperativos de goce epocales: exacerbación de las propagandas-propuestas de lograr cuerpos estéticos y eternos, de lograr satisfacciones instantáneas y virtuales que muchas veces terminan degradando la afinidad amorosa en pos de goces pulsionales desenfrenados. 

A mi entender la frase “cultivo puro de la pulsión de muerte” es uno de los puntos culminantes del análisis –vivisección, podríamos decir– freudiano de la subjetividad y de los lazos que hacen al malestar en la cultura y al porvenir de una ilusión en los mismos. Malestar y porvenir tantas veces, en tantas situaciones, tan inquietantes. Situaciones que hoy parecen exacerbar las dimensiones paranoicas, las dimensiones erráticas que, de una u otra manera, precipitan a la violencia. Cabe mencionar aquí un neologismo que propuso recientemente R. Kaës para trabajar el malestar en la cultura aprovechando que être significa tanto “estar” como “ser”: “malêtre”. Dice: “¿Qué puede y qué no puede hacer el psicoanálisis frente a la desazón («malêtre») contemporánea?”[13]. Malêtre también se está traduciendo y me parece más productivo: “mal-ser”, para dar cuenta de la invasión –arrasadora– del malestar en el ser, tomándolo –para desontologizarlo– como sujeto del lenguaje.

Recordemos que es en “El yo y el ello” donde Freud hace un trabajo muy exhaustivo acerca del superyó que posibilita caracterizar dos vertientes[14]: la vertiente de “heredero del ello” que puede tener el superyó, especialmente cuando se desmadra de la regulación simbólica; esto último hace, como sabemos, a la otra vertiente del superyó según el maestro vienés: “heredero del Complejo de Edipo”. Como heredero del ello, el superyó –se lo nombra como feroz– precipita a lo peor en las diferentes formas que toma la violencia. Lo crucial del planteo de Freud es que estas instancias (habla del yo, hoy cabe agregar sujeto, subjetividad, “donde ello era…”) están construidas por –ya en términos contemporáneos, en desarrollos teóricos propios– el Otro de la trama transgeneracional y de los contemporáneos[15] a través de las instituciones –verdaderos almácigos– familiares, educativas, religiosas, políticas, mediáticas. Trama tramitada –cultivada– vía discurso –y lo por fuera de discurso cuando hay perturbaciones graves de lo simbólico– en sus diferentes niveles, según de donde provenga la efectuación que va desde lo más íntimo, familiar (y en estos casos, de lo siniestro) hasta los niveles macro que tienen su incidencia en esta caracterización que estoy haciendo de cultivar la pulsión de muerte. Efectuación, afectación en los cuerpos, en las subjetividades y en los lazos que precipitan a los extremos de las actuaciones, de las impulsiones, de los crímenes insensatos, de los arrasamientos de pueblos enteros. Refiero de este modo a lo más tanático de la transmisión del Ideal y del poder sin “correlato con la castración”. Esta es una enunciación de Lacan en ocasión de trabajar la cuestión del superyó y del goce en el Seminario 20: Aun (1972/73). En efecto, lo que proviene del ello es del orden del más allá del principio del placer, es del orden del goce (como se sabe, a partir de Freud, Lacan “inventa” este concepto). Resulta muy elocuente –teórica y clínicamente– que Freud “descubra” (lo digo también en el sentido de levantar ciertos velos que permiten “iluminar” cuestiones que ya venían interpelándolo) el más allá del principio del placer al mismo tiempo que la repetición y la pulsión de muerte en el libro homónimo. Quiero presentar y trabajar algunas citas de Lacan (que retomaré más adelante): “¿Qué es el goce? Se reduce aquí a no ser más que una instancia negativa. El goce es lo que no sirve para nada. Asomo aquí la reserva que implica el campo del derecho-al-goce. El derecho no es el deber. Nada obliga a nadie a gozar, salvo el superyó. El superyó es el imperativo del goce: ¡Goza!”. Tomando en cuenta la cuestión del derecho, dirá que se trata de “repartir, distribuir, retribuir, lo que toca al goce”. Cuestiones cruciales para la dirección de la cura y, fundamentalmente, tomando en cuenta esta conclusión: “por eso el superyó tal como lo señalé antes con el ¡Goza! es correlato de la castración”[16]. Esta es la vertiente simbólica que aporta la metáfora del Edipo que posibilita un “alto” al goce, una mengua del exceso. Una circulación.

 

2. Alienación y pulsión de muerte

Entiendo que estas caracterizaciones acerca del lugar de la pulsión de muerte en el campo del Otro tienen su correspondencia en otras dos formas que hacen al lazo: 1. La de la alienación que deja al sujeto, a los sujetos, a las comunidades, a los pueblos a merced del Otro (en sus diferentes encarnaduras y vasallajes), los deja como objetos, como desechos, pura mercancía, esclavos, súbditos según la efectuación del llamado goce del Otro absoluto, no castrado, sin ley (lo que se nombra como ley del tirano no correspondería ser nombrada como tal); 2. La de pretender zanjar los “conflictos de intereses mediante la violencia”, según el análisis de Freud en ¿Por qué la guerra?[17] de 1932/3. Allí dice dos cosas también muy fuertes: la primera refiere que dicho comportamiento “es en todo el reino animal, del que el hombre no debiera excluirse”[18] y que “se yerra en la cuenta si no se considera que el derecho fue en su origen violencia bruta y todavía no puede prescindir de apoyarse en la violencia”[19]. Derecho a/de la violencia bruta (primitivismo ancestral, "el hombre es el lobo del hombre" dixit Hobbes)-Derecho a/de la ley simbólica que hace a los acuerdos que posibilitan la palabra y el reconocimiento de la otredad del otro, de los otros. Es notable como el psicoanálisis pone al descubierto lo paradojal de lo humano: alienación, Ley, derecho en tiempos instituyentes (también a lo largo de toda la vida) para lo mejor y para lo peor. La operación de alienación en Lacan implica tener un alojamiento en el Otro gracias a las significaciones, a las marcas –marcas de goce, modalidades de libidinización– que este inscribe en el sujeto que así adviene como tal. En principio, como sujeto sujetado, de ahí la pertinencia del nombre alienación, que, en su extremo –ser hablado por el Otro– puede implicar paradojalmente: alienus que, entre otras cosas, remite a sin palabra propia, “no pienso, no soy” (Lacan). Si no opera al mismo tiempo –tiempos lógicos– la operación de separación, el infans queda atrapado, alienado y así precipita a lo peor. Muchas veces esto se produce como efecto de sobredeterminación en torno a estas tramitaciones donde el cultivo, la cría, es con los modos perturbadores del co-desmentido, de la co-forclusión (operatorias ejercidas por las familias, las religiones, las políticas, los medios[20]). Acerca de los tiempos instituyentes, resulta muy significativo considerar que la imagen de sí –imago que se asume jubilosamente en el Estadío del Espejo– se recorta sobre la experiencia de lo que Lacan llama “el cuerpo fragmentado” donde ubica “los vectores electivos de las intensiones agresivas (…) son las imágenes de castración, de eviración, de mutilación, de desmembramiento, de dislocación, de destripamiento, de devoración, de reventamiento del cuerpo[21]”. En fin, en la línea de los clásicos cuentos de hadas (que tan bien analizara B. Bettelheim) o de los inquietantes juegos que actualmente los niños encuentran por internet (por ejemplo, las siniestras exigencias de cortarse el cuerpo en el juego llamado “Ballena azul”). En las problemáticas graves, la pulsión de muerte opera como desintegración de la matriz simbólico-imaginaria de la unificación-integración y somete al horror de la fragmentación. La diferencia entre el Otro Absoluto y el Otro castrado por estructura posibilita pensar efectos diferenciales en el trabajo de subjetivación del infans. Cuando opera la represión, castración mediante, en el Otro, las significaciones son versiones que ofrecen la posibilidad de un tránsito “saludable” por la operación de la alienación: hacia la efectuación –real– de la separación del Otro.

 

3. Dos vertientes de la repetición y dos variantes de la pulsión de muerte

Es Lacan quien destaca la dimensión cultural –simbólico-imaginario-real– de la pulsión de muerte en la operatoria de la repetición, en su doble vertiente de compulsión a la repetición y de repetición significante. Resulta paradojal cómo opera lo simbólico en la pulsión de muerte. Está ligada a la castración simbólica, a la posibilidad de separación para no quedar el sujeto en posición de objeto que ocupa por estructura –alienación– a merced del Otro. Tánatos opera, en esta variante, con función de corte y contribuye entonces a que el sujeto advenga como sujeto deseante –por el corte–. Así se rompe la pura consistencia de objeto en el Otro del cual se parte. Así, la pulsión de muerte resulta –en su faz simbólica– propiciatoria. Es posible interrogar –re-visitar, re-plantear– la provocadora frase de Marx  “la violencia es la partera de la historia” para dar cuenta del pasaje de la esclavitud (en sus formas antiguas y contemporánea de los diversos pueblos y, por qué no, de las subjetividades y lazos singulares) a formas novedosas –más o menos liberadas–, no sin revoluciones, no sin muerte. O bien, se puede pensar también –en la dimensión propiciatoria de lo simbólico de la pulsión de muerte– en las necesarias tramitaciones de rupturas de lazos que producen efectos creativos. Por ejemplo, en las dimensiones institucionales donde pueden precipitarse coagulaciones de lo instituido, se ven claramente los efectos positivos –para nombrarlo de alguna manera– de crisis[22] que muchas veces pueden ser violentas y que, bien leídas, con trabajo, echan luz sobre las trabas y abren a la posibilidad de nuevas configuraciones. También cabe pensar –siempre en relación a este horizonte propiciatorio– ya en un plano singular, íntimo, cómo la dimensión de Tánatos simbólico opera –paradojal y conmovedoramente– en algunas decisiones al suicidio o en las tramitaciones en las decisiones personales y familiares acerca de la eutanasia y sus variantes (R.A.E.: en su etimología griega, se encuentran combinadas “bien” y “muerte”). Resultaría falaz interpretar siempre en la variante de autoagresión.

En esta línea, cabe recordar que Lacan, en su Seminario 7: La ética del psicoanálisis, que es de 1969/60, hace una articulación novedosa entre el goce, la pulsión y la creación. Señala que el goce presenta caracteres de inaccesibilidad, de oscuridad ya que no se presenta simplemente como la satisfacción de una necesidad, sino como la satisfacción de la pulsión. Dirá que ella es algo muy complejo que no se reduce a una tendencia entendida en el sentido de la energética. Dirá: “entraña una dimensión histórica, cuyo verdadero alcance tenemos que percibir. Esta dimensión se marca en la insistencia con que ella se presenta, en tanto que se relaciona con algo memorable, por haber sido memorizado. La rememoración, la historización, es coextensiva al funcionamiento de la pulsión en lo que se llama lo psíquico humano. Allí también se registra, entra en el registro de la experiencia, la destrucción”[23]. Señala que la pulsión de destrucción está más allá del retorno a lo inanimado. Que, por el contrario, la pulsión tiene una función creacionista –por la función del significante, en la medida en que hay cadena significante– ya que pone en duda todo lo que hay. Dirá: “voluntad de destrucción. Voluntad de comenzar de cero. Voluntad de Otra-cosa, en la medida en que todo puede ser puesto en causa a partir de la función del significante (…) la pulsión de muerte es una sublimación creacionista”[24].

Hay un momento, a mi entender, también de enorme riqueza teórica en Lacan para nuestro tema, y es, especialmente el Capítulo II, en su seminario El reverso del psicoanálisis, Seminario 17 (1969/70). Allí trabaja –a partir de Freud en “Sueños”– el deseo en lo inconsciente, postulación que, como se sabe, resultó central para el psicoanálisis y también trabaja la cuestión de la repetición, según aparece en “Más allá del principio del placer”. A Lacan le interesa destacar la singularidad de la tramitación de la satisfacción en su pasaje del goce al deseo. En efecto, cuando se pregunta “¿qué es la repetición?”, recuerda el impacto que le genera a Freud la observación de su nietito en esa ya clásica enunciación “fort-da” que posibilita trabajar una singular modalidad de advenimiento subjetivo en la experiencia de juego, de la escena y de la tramitación del objeto en el juego entre los significantes –fort-da– y el Otro. La clínica con niños muestra elocuentemente el valor instituyente de subjetividad en el lazo con el Otro de esta operatoria de juego y también muestra su contracara cuando –cabe decirlo– se instala la operatoria de la pulsión de muerte según veremos más adelante en su modalidad arrasadora, destructiva, de repetición estereotipada (en el posicionamiento hacia el autismo), de perseveración (en el posicionamiento hacia la psicosis). En cambio, la pulsión de muerte simbólica posibilita tramitar lo real de la ausencia en la experiencia del carretel y de la necesariedad de la muerte simbólica de los padres para que el niño –contando con un sí mismo ya construido y asumido– juegue creativamente solo. Recordemos también que en ocasión de otro seminario –el 11– que pasó a llamarse Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964) la repetición arma un tríptico conceptual acerca de la estructuración subjetiva junto a otros dos: la pulsión y el inconsciente. El cuarto concepto –por su preocupación clínica para dar cuenta del tríptico mencionado–: la transferencia. Al mencionar estos cuatro conceptos (sabemos que en el desarrollo de sus teorizaciones aparecen otros) procura diferenciar transferencia de repetición. Esto tiene un valor clínico diferencial fundamental. Dirá entonces, en el mencionado capítulo del seminario 17: “¿Qué es la repetición? Leamos el texto de Freud y veamos lo que articula. Lo que precisa de la repetición es el goce, término que le corresponde en propiedad. En la medida que hay búsqueda de goce en tanto repetición, se produce lo que está en juego en ese paso, ese salto freudiano  –lo que nos interesa como repetición y que se inscribe por una dialéctica del goce, es propiamente lo que va contra la vida. Si Freud se ve, de algún modo, obligado, por la misma estructura del discurso, a articular el instinto de muerte, es en relación con la repetición”. También dirá que: “Como todo nos lo indica en los hechos, la experiencia, la clínica, la repetición se funda en un retorno del goce. Y lo que el propio Freud articula en este sentido es que, en esta misma repetición, se produce algo que es un defecto, un fracaso”. Claro que también, siguiendo a Kierkegaard, destaca que en la repetición puede haber novedad (significante) y así “una mengua de goce”[25]. Se trata de la dimensión de pérdida con respecto a lo que se repite. Trabaja aquí el valor del significante, que posibilita  –registro simbólico– que se genere una marca, como rasgo Unario, un goce acotado en distribución, en circulación[26]. Es decir que en el mismo momento teórico Lacan pone en juego lo inconsciente, el deseo y el goce, y la repetición en su doble vertiente de lo mismo al extremo, a puro exceso, exceso de goce con los disloques en la subjetividad y en los lazos que ya iré desarrollando, y la repetición, entonces, como posibilidad de pérdida, de mengua de goce. Se ve llevado a complejizar el eje freudiano de  pulsiones sexuales y pulsiones del yo, de tramitación del deseo, y la dimensión de la pulsión de muerte como forma de entrelazarse con los modos pulsionales mencionados. Hay en el capítulo del seminario mencionado, como en tantos otros lugares en la producción de Lacan, un sumergirse en la riqueza de lo paradojal, es decir: trabaja las contradicciones, las ambigüedades productivas de pensamiento y se ve interpelado –todo al mismo tiempo– por aquella dimensión de la repetición que funda subjetividad (así lo señala, en tiempos del infans, en tiempos del juego del infans-nieto) y por lo tanto por el valor simbólico de la pulsión de muerte. Al mismo tiempo se ve llevado a destacar la dimensión del masoquismo, del sadismo, del sufrimiento extremo, de destrucción, en fin, de lo tanático más desbordado. Se trata de la dimensión de la compulsión a la repetición, repetición de lo mismo, goce sin mengua[27]. El trabajo sobre lo paradojal lleva a Lacan a recordar, cuando trabaja la pulsión en el seminario 11, a Freud y a Heráclito, cuando dicen: “La meta de toda vida es la muerte”, “Bios es el arco de la vida y su obra es la muerte”. Esto lo lleva a hacer un aporte fundamental para la teoría y para la clínica cuando postula que la oposición entre pulsión de vida y pulsión de muerte no es otra cosa que los dos tiempos lógicos de una sola y misma pulsión, la pulsión sexual. Consecuente con lo expresado al comienzo de este trabajo acerca de la posibilidad de “pensar a partir de todo lo pensado” quiero ofrecer dos citas extensas de Freud y de Lacan, que si bien son conocidas, creo que nos ayudan, al revisarlas, a proseguir nuestro camino. Dice Freud: “Hay como un ritmo titubeante en la vida de los organismos; uno de los grupos pulsionales se lanza impetuoso hacia adelante para alcanzar lo más rápido posible la meta final de la vida; el otro, llegado a cierto lugar de este camino, se lanza hacia atrás para volver a retomarlo desde cierto punto, y así prolongar la duración del trayecto”. Unos párrafos antes había dicho: “No puede dejar de considerarse aquí, es verdad, una sugerente objeción basada en la idea de que junto a las pulsiones conservadoras, que compelen a la repetición [había hecho referencia a la compulsión de repetición] hay otras que esfuerzan en el sentido de la creación y del progreso”[28]. Dice Lacan: “A saber que, para el hombre y precisamente porque conoce los significantes, el sexo y sus significaciones siempre pueden llegar a hacer presente a la muerte. La distinción entre pulsión de vida y pulsión de muerte es válida en la medida en que manifiesta dos aspectos de la pulsión. Pero con una condición –la de concebir que todas las pulsiones sexuales se articulan a nivel de las significaciones en el inconsciente, por cuanto hacen surgir a la muerte– la muerte como significante y sólo como significante, pues ¿cabe decir que haya un ser-para-la-muerte? Las condiciones, las determinaciones por las que la muerte, significante, puede surgir toda armada en la cura sólo pueden comprenderse con nuestra manera de articular las relaciones”. Agrega algo muy significativo: “El sujeto, por la función del objeto a, se separa, deja de estar ligado a la vacilación del ser, el sentido que constituye lo esencial de la alienación” [29], clara caracterización de la función significante de la muerte. Finalmente quiero incluír esta otra: “así explico la afinidad esencial de toda pulsión en la zona de la muerte, y concilio las dos caras de la pulsión –la pulsión que, a un tiempo, presentifica la sexualidad en el inconsciente y representa, en su esencia, a la muerte–”[30].

Cabe recordar también las descripciones y preguntas teóricas y clínicas que Freud hace acerca de la “mezcla pulsional”, la “desmezcla pulsional” y “mezcla pulsional no consumada”. Dice: “vamos aprendiendo a comprender que entre los productos de muchas neurosis graves, entre ellas las neurosis obsesivas, merecen una apreciación particular la desmezcla de pulsiones y el resalto de la pulsión de muerte”[31]. Queda complejizada así la concepción freudiana del conflicto, superando el binarismo inherente al mismo.

Antes de concluir este apartado, y después de haber intentado presentar las dos modalidades de la pulsión de muerte, cabe arriesgarse a presentar el interrogante que plantea la posibilidad de establecer diferencia entre pulsión de muerte y Muerte. Reservando “muerte” para aquello que entra en la máxima “todos los hombres son mortales”. Cabe preguntarse, por más trinitario que sea el cuerpo del ser hablante (en el sentido de un cuerpo trabajado por el significante, anudado por el nudo borromeo RSI), si no hay que considerar otra dimensión de la muerte, aquella que responde a la vertiente más “definidamente” biológica. ¿Sería del orden del instinto de muerte? Finalmente (con toda la elocuencia que este término tiene en estas reflexiones), ¿cabe pensar como definitivamente separados el proceso irreductible del envejecimiento y de la muerte de las vicisitudes moebianas de la pulsión (de vida, de muerte)? (no desconozco que hay “viejos jóvenes”, envejecimientos bellos, sin embargo…). ¿También cabe diferenciar muertes por determinados accidentes donde se juega de manera inexorable el azar, como pueden ser, por ejemplo, las muertes del atentado a la Amia? Me estoy refiriendo, claro, a las víctimas, no a los victimarios, donde según lo que vengo desarrollando sí cabe ubicarlos como modo social-político de despliegue de pulsión de muerte. En todo caso, habrá que ver en cada singularidad cómo opera la posibilidad de elaborar lo traumático, y en esto sí, van a estar presentes los modos de tramitación del predominio de pulsión de vida o pulsión de muerte[32]

 

4. Reacción terapéutica negativa y pulsión de muerte. Qué-hacer?

La clínica muestra también los impasses mortíferos que se producen en la llamada “reacción terapéutica negativa”[33]: la violencia en el análisis –que puede incluir la resistencia y/o el intento de imposición por parte del analista– que dificulta o directamente impide el trabajo del análisis precisamente sobre la violencia. A este concepto Freud le dedica especial atención en “El yo y el ello”. También en “El problema económico del masoquismo” de 1924  y en la 32ª Conferencia que es de 1933, donde se destaca que en la reacción terapéutica negativa hay “una posición de agresión internalizada y asumida por el yo”[34],  que habría una satisfacción en la enfermedad y que el sujeto no querría renunciar al “castigo de padecer”. Freud se debate entre plantear si primariamente afecta el “sentimiento de culpa” para sostener el sufrimiento y “el empeorar cuando se mejora”, o si se trata de una dimensión primordialmente masoquista: un goce en el sufrir, una “necesidad [-goce-] de castigo”[35]. Es crucial el énfasis puesto por Freud en esto porque es la orden de lo traumático pulsional (se puede establecer diferenciaciones en el plano de los efectos del “deseo inconsciente”, en sostener la voz inconsciente y aquello que es más del orden del yo como “sentimientos de culpa”). Se trata de ubicar el efecto traumático de la paradoja de tener que dejar de gozar por el sufrimiento y, al mismo tiempo, potenciar el goce en el sufrimiento. Para la clínica es una “encerrona trágica”, como diría Ulloa. Al mencionar a Ulloa, recordemos que él hablaba también de “cultura de la mortificación”, de “sujetos mortecinos”. En la reacción terapéutica negativa no se trata de “los que fracasan al triunfar”, ya que estas situaciones se pueden trabajar de diferentes maneras en el análisis y particularmente en la tramitación de la dimensión posible de novedad que la repetición puede aportar. Tampoco se trata de equiparar la reacción terapéutica negativa con las vicisitudes, muchas veces complicadas, de la llamada “transferencia negativa” por el incremento de odio que, como sabemos, está vinculado al amor y en este caso, tratándose de transferencia, con “el amor de transferencia”. Como se ve, con Lacan estoy haciendo estas diferenciaciones, a partir de los modos de tramitación del deseo, del amor-odio y de la impronta del goce que precipita lo pulsional –claro, como pulsión de muerte en la reacción terapéutica negativa–. La transferencia negativa, con sus efectos de apertura y cierre del inconsciente también es trabajable. En cambio, la reacción terapéutica negativa representa una potenciación de la resistencia, a veces del orden de lo imposible. Para ser más estricto con la teoría lacaniana: es del orden de la impotencia, porque lo imposible bien asumido es propiciatorio. La reacción es efecto del superyó, de una imposición actuada de un superyó feroz que se cuela –como pulsión de muerte– en la trama fantasmática y sintomática del sujeto (respondiendo al masoquismo primordial estructural): Hay enunciados freudianos que son muy elocuentes en este sentido: “culpa de sangre”, “agresión negativa”, “aferramiento a la enfermedad y al sufrimiento”. En algún lugar, Freud es determinante, habla de: “funesto pronóstico” para referirse a algunas situaciones clínicas tomadas por la pulsión de muerte. También es elocuente la enunciación de Lacan: “la maldición asumida, consentida”[36] de la vida que no quiere curarse, “aquello que a la vida puede preferir la muerte. Y se aproxima, así, al problema del mal, más precisamente, al proyecto del mal como tal”[37]. La propuesta de asumir esta maldición hace a la ética del psicoanálisis. En efecto, al analista le resulta tentador ofrecer al analizante, en circunstancias de dicha reacción, el horizonte del Ideal para ofrecerse como modelo “saludable” de identificación que contrarreste las primitivas identificaciones que el sujeto porta por estructura. Refiero a las marcas mortíferas de la impronta del goce absoluto del Otro, como ya dije, en tiempos de constitución de la subjetividad en el infans en estos casos. Habrá que procurar tramitar –a veces apelando a la contundencia de la llamada “intervención en lo Real”[38]– desarticular, desmontar la paradoja negativa antes mencionada. Esta paradoja no excluye –al contrario– el dar cabida también a la entronización del superyó en la titánica empresa de intentar algún orden de conmoción, de ficcionalizar al superyó unívoco. De qué modo? semblanteando la culpabilización que condena imperativamente –a lo Kafka– al castigo. Horizonte de cierta “rectificación pulsional”[39] (que es del orden de la rectificación, por estructura, del lugar del Otro), de esa pulsión –la de muerte– que tiende a la perentoriedad de la satisfacción plena (goce en exceso) y así el efecto de desligadura que tiende a la destrucción en este caso del trabajo analítico.

El último tramo de las teorizaciones de Freud que, como sabemos, lo lleva a modificar-complejizar el dualismo pulsional inicial –pulsiones sexuales y pulsiones del yo, (tiempo también de la ubicación del principio del placer y del de realidad, del proceso primario y del  secundario, con una modalidad en este nivel de mayores posibilidades de “moderación”)– cuando tiene que reconocer que hay un “más allá del principio del placer”. Lacan nombra ese “más allá” de manera rotunda: “goce”, en el orden de lo inconmensurable, de lo inaccesible, de lo propio más ajeno, lo más convocante y horroroso. Al mismo tiempo, causa desde el “fondo” de lo pulsional como muerte. En las neurosis, de todos modos, Eros “rescata” del abismo de la pulsión de muerte.  Banda de Moebius, como dije, anverso/reverso de pulsión de vida y de pulsión de muerte,  las cosas marchan bien como dice Lacan si “el amor permite al goce condescender al deseo”[40]. En la tramitación de Eros, claramente, está el Otro, el otro como prójimo, el lazo. Hay una tramitación de la satisfacción en distribución, de cantidad a cualidad, que reconoce la modalidad del sutil rodeo, del intervalo que es pulsión de vida, que es Arbeit (trabajo). Es la dimensión del Período del “Proyecto” freudiano. Fundamentalmente se trata de la posibilidad de un “saber-hacer”[41] con el goce (Lacan) excesivo y mortífero, saber-hacer una obra propia para sí y para los otros. O, en otro orden –ya como horizonte en la dirección de la cura– la sublimación o la llamada sinthomatización[42]: “un hacer obra”[43] singular que posibilite el lazo constructivo, creativo, solidario con el otro, con los otros que se pueden nombrar a partir de Lacan “relaciones intersinthomáticas[44],  habiendo adquirido un saber-hacer novedoso con lo intersintomático (lo interfantasmático). Dimensión[45] de cultivo –también como trabajo del análisis en sus diferentes dispositivos clínicos– de la pulsión de vida. ¿Cómo caracterizar la sublimación y la sinthomatización  en la dirección de la cura cuando se instala de manera pertinaz la pulsión de muerte?. Es un tema muy complejo que requeriría un amplio trabajo y desarrollo. Sin embargo, quizá se pueda plantear una diferencia entre ambas: el tratamiento de lo pulsional en la sublimación no modifica necesariamente el devenir irrefrenable de la compulsión a la repetición que, aun con tramitaciones excelsas (en el arte, en la ciencia) no evitan para muchos sujetos lo peor (locura, suicidios claramente autodestructivos, crímenes… la historia tiene infinidad de ejemplos muy destacados). En cambio, la construcción de un sinthome posibilita, cuando se logra, una cierta rectificación pulsional que ofrece un anclaje productivo (del orden de la vertiente de la pulsión de vida). Las bifurcaciones conceptuales llevarían a establecer correspondencias y diferencias entre creación e invención, afectación y reposicionamiento subjetivo y de los lazos en cada destino pulsional. En efecto, las relaciones intersinthomáticas se caracterizan por encontrar y sostener la falta en el otro del lazo-inter que ofrece y produce. Falta que relanza al saber-hacer obra propia. Exigencia de trabajo pulsional (de vida, de lo simbólico de la pulsión de muerte) en lazos en invención más allá de lo narcisístico. Lazos que sostienen la diferencia y la diversidad en la producción de un qué hacer y también de estos modos vinculares que posibilitan novedad.

 

5. Pulsión de muerte desde el pensar de la clínica

Sin embargo, en las llamadas problemáticas graves subjetivas y de los lazos –que incluye, por ejemplo, el posicionamiento hacia la psicosis o hacia el autismo (también, aunque no siempre con tal gravedad, por ejemplo, hacia la bulimia, la anorexia, las adicciones)– la pulsión de muerte por estructura predomina, comanda, impera. El “hacia” y “posición” nombran el devenir propio de las estructuraciones en fluidez, en aperturas de la subjetividad. Se reconoce así la tramitación de pulsión de vida aun en problemáticas muy graves donde pareciera sustancializarse una identidad fija: “un autista”. Es pertinente hablar, en estas problemáticas, de gradientes de objetalización o de cosificación de ciertas subjetividades –que estrictamente, no advienen como tales–. Si no es pura pulsión de muerte, late ahí algún rasgo de subjetividad a advenir. Las caracterizo de esta manera porque en ellas no se produce la instalación del montaje pulsional con sus vicisitudes que, como pulsión de vida (predominio de ella), en su circuito, produce-adviene como sujeto[46]. Puedo decir que esta se configura precisamente por la instalación del montaje y de la circulación de los cuatro elementos (empuje, fuente, objeto y meta) tal como la caracterizó Freud. Cava un vacío que Lacan nombra objeto a, y es por eso que junto al Otro, otro como prójimo, adviene la mirada, la voz, las heces y el seno, objetos a, pura falta (se trata de las pulsiones escópica, invocante, anal y oral). Así, la producción –el advenimiento– del sujeto deseante con palabra propia que no es sin escena a advenir, lazo a advenir, que no es sin tramitación de pulsión de vida predominando sobre la de muerte, que cuando opera deshace. Cabe entonces considerar que cuando hay exceso (compactación, el objeto tiene la modalidad de ser objeto condensador de goce), que impide la circulación –que, desde Lacan, como vengo diciendo y reitero, se caracteriza por exceso de goce que tapona el vacío que es motor, vida– lo pulsional se construye –siempre con el Otro (otro, otros)– como pulsión de muerte. Se trata de aclarar que cuando el sujeto está “tomado” por la pulsión de muerte, no puede reconocer al otro como tal (en sus variantes, como ya hemos señalado). Entonces la mirada toma la modalidad de la no mirada, de lo indiferenciado en la posición del autismo, o de lo persecutorio, pura visión panóptica con los efectos de psicotización. La voz puede tener la modalidad del puro silencio, mutismo (no se trata del mutismo selectivo sino de aquel que proviene de la imposible enunciación o también de la pura mecanización como es la ecolalia) o del imperativo de gritos, de enjambres significantes que no se ordenan en enunciación discursiva. Muchas veces el lenguaje es “mecánicamente” en tercera persona, puro impersonal o, más bien, se trata de ser radicalmente hablado por el Otro. Lo performativo del lenguaje adquiere en estos casos la modalidad del mandato unívoco que produce exigencia (lo pulsional, lo tanático en este caso) de actuación compulsiva, destructiva de sí, de sus producciones y del lazo con el otro. El efecto de la pulsión de muerte lo encontramos, precisamente, en el bloqueo permanente que se produce en el infans en el acceso a la palabra propia, al deseo propio, al juego, a un saber-hacer (por ejemplo, en el terreno de los aprendizajes). Efectos de la pulsión de muerte que no posibilita la libidinización, que no establece los bordes de las zonas erógenas. En grado extremo, esto puede llevar a no tener la vivencia de dolor (esta situación traba, entonces, la posibilidad de los cuidados por parte del otro, incluso de los cuidados más primarios) o la vivencia del placer (que traba la posibilidad del júbilo ante el contacto con el otro). Mecanización, robotización, amenaza, extrañamiento in crescendo: cultivo puro de la pulsión de muerte. Objetalización-cosificación-nomadismo, aislamiento extremo, en su correlato con la cultura del descarte, de la mecanización que cierta vertiente de los desarrollos tecnológicos y mediáticos puede producir ciertos modos actuales de violencia insidiosa (con todo lo que ésta palabra connota: “bajo una apariencia benigna, oculta gravedad suma”, R.A.E. dixit). Por el contrario, en el despliegue de la pulsión de vida se posibilita– en términos de constitución de subjetividad en el infans– la instalación del llamado Estadio del Espejo, donde se produce curiosamente la asunción de la imagen propia (Imago) con la expulsión de la atomización propia del cuerpo fragmentado según mencionamos anteriormente. La clínica de las problemáticas graves muestra mi aporte clínico y teórico para este trabajo: la pulsión de muerte cultivada desde la otredad (que no excluye el trabajo en negativo –en algunos casos-  de problemas neurofisiológicos muy graves) produce una traba catastrófica en la constitución de subjetividad y, por ende, en los lazos. Catástrofe que impide el cultivo de la pulsión de vida. Así es que, según mi experiencia, no se produce la construcción fantasmática, no se produce la construcción del aparato psíquico con sus instancias ni el advenimiento de la construcción discursiva propia. En los casos a los que hago referencia no se accede a la escena, al juego. No hay reconocimiento de la otredad porque no se han podido tramitar las tres identificaciones freudianas en los tiempos instituyentes. ¡Cómo tiene que estar operando la pulsión de vida con sus efectos de ligadura, transcripciones y transposiciones para que el niño juegue a las identificaciones con el Otro Real! Propongo detenernos en un contraste elocuente entre los efectos arrasadores de la pulsión de muerte y, por el contrario, los efectos fecundos de la tramitación de pulsión de vida, entrelazado con los efectos de la pulsión de muerte simbólica. Recordemos que Lacan trabaja en el Seminario 9: La identificación (1960/61, inédito), siguiendo a Freud, los tres tiempos lógicos de la identificación al Otro que, a mi entender, no se pueden pensar sin el trabajo de la pulsión de vida acotando la de muerte. Se requiere, como dijimos, mucho trabajo de enlace para sostener entre el infans y el Otro el tiempo de la incorporación, tiempo que Lacan llama: “identificación Real al Otro Real”, sostener el tiempo de la introyección simbólica (asunción del Ideal del Yo) en el tiempo lógico de la “identificación Simbólica al Otro Real” y también –¡qué trabajo, qué “fuerza constante”!, como caracteriza Freud la modalidad que tiene la pulsión– para sostener el despliegue del deseo en la “identificación Imaginaria al Otro Real”. Trabajo de las identificaciones instituyentes como motor (causación) de trabajo de “historización simbolizante” (ligaduras mediante) en términos de Piera Aulagnier, en consonancia con la cita de Lacan mencionada, en el que el sujeto entra de ahí en más. Por el contrario, ¡cuánto traba la pulsión de muerte, cuánto la intromisión del goce del Otro absoluto (Otro sin falta que posibilite la operación de separación para que los tiempos de las identificaciones puedan ser efectivamente asumidos por el niño en proceso de subjetivación). Aquí el efecto arrasador que imposibilita el juego identificatorio produce la fijación en pura objetalización (cultivo puro…) en su forma más extrema se la caracteriza como “identificación cósica”[47] para referir a esos niños con posicionamiento hacia el autismo fijados a actividades y objetos estereotipados[48], sin palabra propia (ecolaria), sin posibilidad de juego simbólico. No se accede a un sí mismo que posibilite lazo. No se accede a la construcción de un Otro en la estructuración que sostenga, que produzca las primeras marcas (inscripciones). En las problemáticas de autismo comprobamos clínicamente que el Otro por estructura es Otro de pura ausencia (paradojalmente va a operar también su contracara, que será Otro de pura presencia que hace y dice todo por el infans en posición de autismo[49]). Se trata de la operatoria de pulsión de muerte que traba en forma extrema el despliegue de la pulsión de vida y sus complejas vicisitudes que producen subjetividad y otredad. Otro Absoluto –intrusivo– en las problemáticas de las psicosis, paranoias, delirios: cultivo puro de la pulsión de muerte. Cuando se ubica a este Otro por estructura, se procura establecer estas singulares caracterizaciones, muchas veces muy extremas, para dar cuenta de situaciones devastadoras en la clínica de las problemáticas graves. Cuestiones que hacen muchas veces, aunque no siempre, a la realidad fáctica de la presencia del otro como prójimo en las vicisitudes de la vida familiar y su tramitación. En las problemáticas graves la pulsión de muerte se tramita como “lo que no cesa de no escribirse”[50], simbolizarse, anudarse borromeicamente RSI al cuarto llamado, como dijimos, sinthoma. Se tramita como  exceso de goce –mortífero–, como imposible alienación al Otro (tan necesaria para que advengan las primeras marcas en el sujeto) en las problemáticas del autismo o como efecto de pura alienación –sin la operación de separación– en las problemáticas o en los posicionamientos hacia la psicosis.

A esta altura de estos desarrollos creo que se puede establecer un cierto entrelazamiento conceptual que ofrece posibilidad de elucidación acerca de algunos fenómenos de la violencia en la subjetividad, en los lazos en el mundo contemporáneo[51]. Creo que conviene llamarlos así –fenómenos- ya que atañen a las diferentes estructuraciones subjetivas con sus modalidades y gradientes destructivos. Se trata de tomar en cuenta las diferenciaciones que la clínica muestra cuando opera la represión o el desmentido o la forclusión o encriptamiento. Resultan muy elocuentes las conceptualizaciones acerca del “encriptamiento”, modo extremo de defensa que surge de varios psicoanalistas franceses[52].  Así se trabaja el cultivo de la pulsión de muerte desde la perspectiva de lo transgeneracional vía “lo no representado” –ese es el efecto del modo de la defensa– con sus consecuencias devastadoras en la subjetividad y en los vínculos que, paradojalmente, en muchos casos no advienen como tales.

Antes de concluir este apartado, un comentario. En los debates actuales acerca de los interrogantes que propone el concepto de pulsión de muerte, se plantean varias cuestiones. Entre otras, si mantiene o no su vigencia, si se trata fundamentalmente de una especulación puramente teórica, si es pertinente recurrir al concepto para explicar la multiplicidad de manifestaciones de la vida cotidiana y de la clínica que se caracterizan por la agresividad, las depresiones, las llamadas “enfermedades psicosomáticas”, etc. Sabemos que muchos psicoanalistas con larga trayectoria teórica y clínica son concluyentes en la necesidad de diferenciar agresividad y pulsión de muerte, o en señalar que la anorexia no es efecto de la pulsión de muerte sino una defensa frente a la pulsión oral, y así en muchas otras cuestiones con desarrollos bien fundamentados para sostener la cautela en explicar estas problemáticas desde la pulsión de muerte. En fin, aun estando advertido de estas legítimas consideraciones, como se ve, estoy tomando, en estas reflexiones, mis riesgos al presentar ciertas conclusiones que, eso espero, contribuyan a abrir interrogantes y a tramitar los debates. Caben agregar también los aportes cada vez más provocadores de las neurociencias y de los avances de las tecnologías donde tantas veces parece latir “el sueño de la inmortalidad”. Ameritaría otro trabajo.

 

6. Pulsión de muerte en la clínica con dispositivos psicoanalíticos

Pienso que si bien la vertiente biológica, en términos de instinto de muerte, con su insoslayable retorno a lo inorgánico, hace a una de las improntas en toda reflexión acerca del tema que nos convoca (Freud fue muy claro al respecto), cabe reconocer que ya en el ámbito de lo humano, lo social, lo histórico, la cultura, en fin –con su malestar irreductible– “amasa”, trabaja dicho instinto, haciéndolo “Trieb” (pulsión). Como he ido caracterizándolo, ese amasado termina dándole una modalidad de singularidad. Lo pulsional, efecto de transmisiones transubjetivas, transgeneracionales –tanto del ámbito de lo familiar, como del ámbito de los contemporáneos– requiere un tratamiento clínico singularizado y específico. A la universalización de las respuestas del instinto, le corresponde –desajuste inexorable con “lo natural” del instinto– un modo singular del despliegue pulsional. Hay un modo singular de tramitar las modalidades de la pulsión de vida, como también las modalidades de la pulsión de muerte que, como vengo señalando, funcionan como anverso-reverso a predominio de una o la otra, según tramitación de las situaciones. Idiosincrasias familiares o las de una determinada comunidad para tramitar el montaje pulsional, sea de vida o de muerte. La pulsión “no nace de un repollo” (¡metáfora anfibológica según nuestro tema!). Se cultiva a partir de lo transmitido. La pregunta a instalar allí, especialmente en el trabajo clínico, es ¿desde quién/ quiénes? y, fundamentalmente, ¿cómo? (donde se toman en cuenta los diferentes modos de la defensa que tienden a “camuflar” las transmisiones y, particularmente, los efectos). Esto atañe al psicoanálisis en una clínica que hace al uno por uno (ya que el devenir del goce, del deseo y del amor de cada quien con cada quién, con cada cual/es, en el uno por uno según lo trabaja el psicoanálisis), con el aporte novedoso de la llamada “clínica psicoanalítica vincular”[53], que aporta “variantes de la cura tipo”[54] (decirlo así remite a un escrito fundamental de Lacan) a través de la clínica con “dispositivos psicoanalíticos”[55] (aportes novedosos desde Lacan y más allá de él, como son los tratamientos de pareja, de familia, de grupo, de Institución). Lecturas, interpretaciones, intervenciones en la vía de las rectificaciones posibles de lo pulsional en la trama de los diferentes lazos en su especificidad de intervención más allá del dispositivo clásico –muchas veces tramitado como unívoco– del análisis individual de diván. Rectificaciones posibles en la medida en que el analista se sumerge en su clínica, clínica de lo real, en las dimensiones insondables del goce, de la compulsión a la repetición, en pos de un trabajo de ligadura, de ordenamiento simbólico que posibilite restablecer la vía del deseo y del lazo amoroso y constructivo propio del predominio de la pulsión de vida. La exigencia de tramitar la clínica recurriendo a los instrumentos que ofrece la concepción del trabajo con los diferentes dispositivos clínicos se hace especialmente  acuciante cuando se trata de las producciones subjetivas y vinculares donde predomina “lo transpuesto en lo real”[56] por goces disruptivos, torbellinescos, arrasadores. Goces que, como dije, no se anudan –en el sentido de la tramitación de lo real-simbólico-imaginario con el cuarto (sinthome)– convenientemente (en el sentido de las neurosis). Se trata de modos vinculares perversos (no consentidos), psicopáticos, locos o francamente psicóticos, donde el otro no importa como sujeto sino que recibe el trato o el maltrato como si se tratara de un objeto de uso y abuso. Despliegue tanático en el entre de la “pulsión agresiva”, “de apoderamiento” (sometimiento) y “destructiva” (así las nombra Freud, remitiéndolas a la pulsión de muerte). El psicoanálisis ante la consulta actual se pregunta –contando, como venimos señalando, con el amplio instrumental de las variantes de los dispositivos posibles– acerca de la indicación (hoy reconocemos que la indicación no es “de una vez y para siempre”, sino que es situacional, en el cada vez de la sesión) y de los modos de intervención. Hoy estamos más advertidos que lo pulsional propio de las marcas de origen se actualiza, se potencia, se complejiza en la trama intersubjetiva, interfantasmática, intersintomática e intersinthomática propia de los ámbitos en los que se despliega el sujeto. Además, ya sabemos, se actualiza en el despliegue transferencial. De ahí que dar cabida vía transferencia –entendida, por ejemplo, como “puesta en acto de la realidad del inconsciente que es sexual” (Lacan[57])– en los distintos relieves de la realidad-real hace al mencionado trabajo de indicación y al lugar que le damos a los modos de intervención. La indicación de tal o cual dispositivo hace a una intervención en lo real con sus efectos. Decir “trabajo de la indicación” es dar cuenta de la elaboración que se requiere en el cada vez de las vicisitudes posibles, más allá de la rigidez de enfoques, al estilo de “inanalizabilidad” a partir del rebote de la interpretación simbólica. Rebotes que el analizante hace porque su problemática requiere abordajes que tengan en cuenta más la realidad-real en la que están subsumidos en sus vínculos y quehaceres. Como todos sabemos, hoy contamos con los recursos de los efectos del trabajo vía dispositivos y, a su vez, del despliegue de modalidades que hacen a las “construcciones en análisis”, a “las intervenciones en lo real”, al trabajo acerca de un “hacer obra singularizada”. Se entiende, por lo que estoy planteando, que se trata de una concepción que toma en cuenta la “plurivalencia de la transferencia” (Lacan), según sus dimensiones real, simbólica e imaginaria, según la modalidad de “múltiple” [58] en los despliegues de la misma. Dice Lacan: “Prefiero dejar, a la noción de transferencia, su totalidad empírica, señalando que es plurivalente y que interviene a la vez en varios registros: en lo simbólico, en lo imaginario y en lo real” [59]. Esto hace a los diferentes modos y lugares de intervenciones posibles del analista que a veces trabaja, por ejemplo, con la pareja de su analizante ante una situación de crisis con incremento de angustia y violencia, o, a veces, se implementan sesiones con algún hijo o algún padre. Hay una cierta correspondencia en la necesidad de instrumentar estos modos de intervención cuando se trata de la mencionada intensificación. La perentoriedad, la fuerza constante de lo pulsional (recordemos que Freud al caracterizar al superyó en la modalidad del Ello también habla de “fuerza constante”) exige un empuje constante (sería del orden del Drang de la puslión de vida) con la fuerza de tal o cual dispositivo según la trama de situación que la clínica nos presenta. Trabajo a hacer con la impronta de la presencia, del deseo, del saber-hacer, del amor, de la implicación del analista y del equipo de trabajo. Aquí resuenan las elaboraciones de Freud en “El proyecto” acerca de las cuestiones que hacen a cantidad/cualidad y a lo posibilitado o no de transcripciones y retranscripciones simbólicas. Aquello que presenta mucha resistencia en el trabajo individual muchas veces con la presencia del otro en la sesión se logra “remover” el vínculo que afecta (hace a la circulación de goces enquistados tramitados en los lazos). El trabajo con la movilidad que posibilita el instrumental de los diferentes dispositivos habría que pensarlo desde la complejidad y riqueza de la conceptualización de la escena (también desde las prácticas, “procedimientos de verdad” en la puesta en valor “acontecimental”, al decir de Badiou, que el arte ofrece, particularmente el teatro y el cine). En efecto, sabemos que por su etimología griega –skené– es “choza”, “tienda”, es decir que se arma y desarma según la ocasión. Operan en ella los tres registros (R-S-I) anudándose al cuarto (sinthome)[60]. Hace al “espacio vacío”, como lo llama Peter Brook. La lectura de esta obra resulta de enorme valor clínico cuando se opera con la concepción de la escena. Allí el mencionado autor desarrolla un tríptico muy elocuente: “répétition (ensayo), représentation (interpretación) y assistance (público)”[61]. Resulta muy significativo –en lo teórico y en lo clínico– ubicar el tríptico (es mi lectura) freudiano: “recordar”-“repetir”-“reelaborar”. Así en este orden –orden lógico, desde ya– como trabajo en la dirección de la cura, donde queda enfatizado que la elaboración requiere ineludiblemente dar soporte y transporte a las complejas dimensiones que se juegan en el “agieren” –trabajada como R-S-I con el cuarto– (en sus variantes de acting out, pasaje al acto o acto significante). El trabajo con la escena tiene que ver, fundamentalmente, con la intervención en lo real, con el acto según la especificidad del “acto analítico”, como lo trabaja Lacan en el seminario homónimo (1967/68). Hay que tener en cuenta que en la escena se trabaja con el objeto en sus variantes y vicisitudes: objeto de la pulsión, objeto del deseo, objeto narcisista, objeto autista, en fin, con la perspectiva insoslayable de la tramitación de lo que aporta el objeto a de Lacan. ¡Es en la escena que se trabajan! Es con esta concepción de escena –que incluye lo discursivo y lo no discursivo, los efectos de las prácticas–  que se tendría que concebir el trabajo con los dispositivos psicoanalíticos para tramitar lo tanático que los mismos albergan, producen. Otras problemáticas graves también ponen a trabajar la concepción de lo múltiple –plurivalencia– que tiene la transferencia, como dije. Es cuando la clínica exige trabajar determinadas cuestiones a través de la riqueza del trabajo en equipo, especialmente con la cualidad de lo interdisciplinario –cabe destacar, nuevamente, el valor del inter que he estado ubicando en los efectos del entre, “…el aire que hay entre…” (como en la cita de Velázquez) los lazos–. En efecto, muchas veces se trata de barajar, tramitar la intensificación destructiva –al modo de mecha encendida, como en “Pierrot…” (imperiosidad, expansión, aniquilación)– de lo pulsional desanudado.  Quiero aportar una reflexión, a mi entender crucial, acerca de las tramitaciones posibles de la clínica vincular (en las diferentes variantes mencionadas): la pulsión de vida cobra especial relevancia en la dimensión de ligadura, circulación y efectos de sentidos novedosos cuando se ponen en trabajo los aportes heterogéneos de las diferentes prácticas de lo que se sigue llamando “disciplinas”. Impronta de la singularidad de las diferentes lecturas, procedimientos del recorte acerca de las modalidades del objeto y de sus vicisitudes. Pulsión de vida que recorta el vacío-motor propio del descompletamiento que cada una ejerce sobre la otra rompiendo hegemonías-totalizadoras. A cada disciplina le hace falta la otra: al analista el psiquiatra, a este o a aquél, la psicopedagoga, el musicoterapeuta, el neurólogo. Sabemos de la riqueza clínica de las combinatorias posibles en el buen ajuste, buen clima de intercambio del trabajo interdisciplinario. Combinatorias nunca a priori, nunca desde un modelo totalizador, siempre siguiendo el devenir clínico en sus diferentes configuraciones (y desconfiguraciones). Si en la interdisciplina opera la pulsión de muerte, los efectos de fragmentación a partir de las rivalidades extremas, de las descalificaciones del otro, transforman muchas veces el campo de actividad en un campo (cultivo) de batalla. Donde tantas veces el paciente y su familia suelen quedar como “botines de guerra” con sus inevitables efectos desubjetivantes (también en los analistas, en los terapeutas).

 

7. Pulsión de muerte en el arte y más allá

                Puede resultar enriquecedor que, además de la clínica, se pueda seguir pensando acerca de la pulsión de muerte en la caracterización de cultivo también a partir de lo que el arte aporta con sus propios procedimientos según ya he mencionado. Seguramente cada uno pueda aportar lo suyo, por mi parte aporto algunos. Del cinematógrafo (como proponía llamar al “séptimo” arte R. Bresson para destacar el valor de la grafía, es decir, de la escritura en el trabajo con las imágenes que para nuestra práctica del psicoanálisis, a mi entender, puede remitir a la “clínica del escrito”, según lo mencionamos anteriormente), otros ejemplos: El castillo de la pureza (!) de Ripstein, El padrino (!) de Coppola y El clan (!) de Trapero. Significantes –“pureza”, “padrino”, “clan”– paradojales al modo de Palo Alto, generadores de extrema violencia. De la literatura, quiero evocar dos obras que me siguen impactando enormemente y que, a mi entender, aportan muchísimo para nuestro tema. Una es El proceso, de Kafka, donde Josef K., como se sabe, es apresado al inicio de la novela, sin haber hecho nada que lo justifique. Dice así en uno de los comienzos más perfectos e inquietantes de la literatura: “Alguien debía de haber hablado mal de Josef. K., puesto que, sin que hubiera hecho nada malo, una mañana lo arrestaron”[62] A pesar de todos los esfuerzos para lograr la absolución, es condenado de la forma más absurda y violenta –imposición asesina del Otro del Sistema Opresor– murió “como un perro”[63]. Ya se sabe que esta novela y muchos de los escritos de Kafka fueron el anuncio de los totalitarismos del siglo XX que han cultivado la muerte de manera rotunda y reiterada (compulsión a la repetición en la trama de lo socio-histórico). La otra novela es La montaña mágica, de T. Mann. Obra monumental en torno a la enfermedad-deterioro-muerte o recuperación-vida en ocasión de los relatos de un puñado de personajes dispares reunidos en un sanatorio de internación para tuberculosos en medio de los Alpes. Se despliegan mil y una situaciones existenciales con todos sus claroscuros con profundas reflexiones acerca de la vida y de la muerte. De la pintura: el inevitable Guernica de Picasso, las angustiantes Pinturas Negras de Goya (¡cuánto nos dice de muchos de los temas aquí trabajados Saturno comiéndose a sus hijos!).

También cabe pensar a partir de lo que aporta lo socio-político –aquí nuevamente amerita decir que se trataría de otro trabajo a través de la figura “pura” (¡pulsión de muerte!) de J.R. Videla y sus “ángeles” de la muerte durante la siniestra –palabra, concepto pertinente también para los ejemplos de las películas mencionadas– dictadura que padecimos. Cabe evocar también la singular impronta de “Los monos” –hay un libro que lleva este nombre– la tan conocida familia de narcotraficantes de Rosario, entre tantas otras, con su impronta de arrasamientos mortíferos sin límite, sin ley.

 

8. Realidad y juego… y el más allá

Realidad y juego… y el más allá propio de la sublimación, de la sinthomatización y de las relaciones intersinthomáticas… lamento concluir este trabajo con un texto del diario donde se ve de manera muy elocuente las formas siniestras del cultivo puro de la pulsión de muerte en las familias, en las leyes y organización de algunos países:

 

La nota de tapa de Página 12, del martes 20/10/15, que titula “Magnum” podría haber tenido un subtítulo irónico y siniestro: “Realidad y Juego”: Un niño de tres años disparó a su hermano de seis y lo mató este domingo en Chicago cuando jugaban con un revólver de su padre, Michael Santiago, quien fue acusado de negligencia. Hace una semana, en Carolina del Sur, una niña de dos años le disparó a su abuela mientras ésta conducía un auto. La pequeña agarró un Magnum 357 que se encontraba en el bolsillo del asiento trasero. Y en Tennessee, un niño de 11 años mató a balazos a su vecinita de ocho cuando discutían por un cachorro. Un tercio de los niños vive en hogares con al menos un arma y dos millones viven cerca de un arma sin seguridad, de acuerdo con la organización Everytown for Gun Safety.”

 

 



[1]  Freud, Sigmund: “El yo y el ello”, Obras Completas, Volumen XIX, Amorrortu editores,  Bs. As., 1979, p. 54.

[2]  Heidegger ,Martín: Caminos de Bosque, Alianza Editorial, Madrid, 2000, p.157 y sgtes. 

[3]  Freud, S.: “El  ‘yo’ y el ‘ello’”,  Obras Completas, Volumen I,  Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, España, 1948, Pág. 1210.

[4] Cuando Freud trabaja en “El yo y el ello” la cuestión del superyó y de las otras instancias psíquicas (ello y yo) es muy claro en darle un lugar instituyente a lo transubjetivo y lo intersubjetivo.

[5] Freud ,S.: “El yo y el ello”, Obras Completas, Volumen XIX, Amorrortu editores,  Bs. As., 1979, Pág. 54.

[6] Recordemos que también caracteriza al yo “como una pobre cosa sometida (…) a las amenazas (…) del mundo exterior y de la libido del ello”.

[7] Ibíd., Pág. 57.

[8] Recordemos los complejos debates que aparecen en la propia obra de Freud acerca de las contradicciones que produce el accionar de las dos pulsiones que lo llevan a decir en algún momento que no hay pulsión pura, que las dos pulsiones –de vida y de muerte– se presentan fusionadas. Más adelante retomaremos esta cuestión

[9] En verdad, más allá de esos nombres –significantes (DM y NP)– se puede reconocer que en dichas operaciones se trata de la posibilidad de la metaforización entre (desde) el Otro y el sujeto que adviene como tal. También se trata de destacar si es posible la tramitación de libidinización y de corte.

[10] Más adelante, y especialmente en el apartado acerca de la clínica, procuraré desarrollar más estas operaciones en relación a la pulsión de vida y de muerte.

[11] Impacta el incremento de fenómenos de aburrimiento, depresiones y suicidios de adolescentes (¡cada vez más de niños!) por carencia de proyectos propios, familiares y sociales.

[12]  Freud ,S.: “El yo y el ello”, Obras Completas, Volumen XIX, Amorrortu editores,  Bs. As., 1979, p. 42-43.

[13]Kaës, René: “¿Qué puede y qué no puede hacer el psicoanálisis frente a la desazón («malêtre») contemporánea?”, en: Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares Tomo XXXVII, 2014, pp. 205-224.

[14]  Dimarco, R. M.: “Aporías, paradojas del superyó en la teoría y en la clínica vincular (algunas puntuaciones, algunos interrogantes)” en Jornada 25° Aniversario, “Encuentro con la Clínica Vincular”, Asociación Psicoanalítica de las Configuraciones Vinculares de Córdoba, 2013. 

[15]  Kaës , R. Faimberg, H, Enriquez, M y Baranes, J.J.: Trasmisión de la vida psíquica entre generaciones, Amorrortu editores, Bs. As., 1996, págs. 13-29.

[16]  Lacan, Jacques: El seminario, libro 20: Aun, Ed. Paidós, Barcelona, 1981, pp. 11-15.

[17]  Freud, S.: “¿Por qué la guerra?”, Obras Completas, Volumen XXII, Amorrortu editores, Bs. As., 1991, Pág. 179.

[18] Ibid, Pág. 188.

[19] Ibid, Pág. 192.

[20] Dice Lacan: “el discurso capitalista forcluye la castración” (Jacques Lacan, El discurso capitalista. Conferencia en la Universidad de Milán, 12-5-1972, en Lacan en Italia, edic. La Salamandra, Milán, 1978. Trad. C.Ruiz, EFBA.)

[21]  Lacan ,J.: “La agresividad en psicoanálisis” en  Escritos,Tomo I ,Siglo XXI Eds.,Argentina,1971

[22] En el trabajo analítico con el dispositivo institucional al modo de supervisión o intervención las experiencias de crisis muchas veces se las pueden tomar como “analizadores”.

[23] Lacan, J: El seminario, libro 7: La ética del psicoanálisis, Ed. Paidós, Buenos Aires , p. 253

[24] Ibíd., p. 257-257.

[25]Todas las citas del fragmento corresponden a: Lacan, J. El seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, 48-49.

[26] Para profundizar la cuestión del exceso de goce y la tramitación de pérdida necesaria (expulsión de goce fundante de subjetividad), resultan muy interesantes los desarrollos que hace Lacan en su Seminario 7, especialmente en los Cap. IV y V, donde trabaja el “das Ding” freudiano. Lacan dice: “El mundo freudiano, es decir el de nuestra experiencia, entraña que ese objeto, das Ding, en tanto que Otro absoluto del sujeto, es lo que se trata de volver a encontrar” (…) “Lo que encontramos en la ley del incesto se sitúa como tal a nivel de la relación inconsciente con das Ding, la Cosa. El deseo por la madre no podría ser satisfecho pues es el fin, el término, la abolición de todo el mundo de la demanda, que es el que estructura más profundamente el inconsciente del hombre. En la medida en que la función del principio del placer reside en hacer que el hombre busque siempre lo que debe volver a encontrar, pero que no podría alcanzar, allí yace lo esencial, ese resorte, esa relación que se llama la ley de interdicción del incesto” (Lacan, J. El seminario, libro 7: La ética del psicoanálisis, 1959-1960, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1988 p. 68 y p. 85).

[27] Dimarco, R. M: “Marcas Psíquicas y el debate entre el determinismo y el acontecimiento”, en: Dispositivos vinculares y nuevas inscripciones, Revista de la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de grupo, Tomo XXIV, Nr. 2, Buenos Aires. En este artículo hago un extenso desarrollo acerca de la diferencia teórica y clínica entre la compulsión a la repetición, la repetición significante y las marcas que provienen de la novedad radical propia del acontecimiento.

[28]  Freud ,S: “El yo y el ello”, Obras Completas, Volumen XIX, Amorrortu editores,  Bs. As., 1979, p. 40 y 37.

[29] Lacan, J: El seminario, libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1987,  p. 265

[30] Ibíd., p. 207

[31]  Freud ,S.: “El yo y el ello”, Op cit., p. 42-43.

[32] En Favre, Aurora, Dimarco, R. M.: Variantes de la cura en los dispositivos psicoanalíticos Vol I: Transferencia y en los límites de la transferencia, y Vol II: Transferencia y lo transpuesto en lo real. Psicoanálisis e interdisciplina, Ed. Letra Viva, Buenos Aires, 2015 presento un relato clínico sobre el análisis de una joven judía a quién llamé Sofía. Lo titulé: “’Yo soy bulímica’, ‘yo soy sionista’”, ( Vol I, p. 386 ) donde se produce –a partir del relato de un sueño y de sus asociaciones– un entrecruzamiento de experiencias de alta densidad tanática desde la historia infantil de enorme perturbación familiar, de las experiencias de sus padres y de ella como niña en la época de la persecución que vivieron en la Dictadura Militar, del terror por la guerra judío-palestina en ocasión del exilio del padre a Israel en plena guerra y… ¡cartón lleno!, asociaciones en torno al riesgo de muerte por la explosión de AMIA (dice Sofía: “el día de la explosión yo tenía que ir a llevar, por mi trabajo, unos papeles allí”). Como dije, todo esto se produce en un torbellino –vómito– de entrelazamientos discursivos a partir del trabajo del sueño. En el relato también presento cómo mis intervenciones fueron atravesadas por mi propia implicación en el terror en las cuestiones de la realidad mencionadas.

[33] Freud,S.”El yo y el ello”,Op.cit.., Pág. 50.

[34]  Freud .S.: “El problema económico del masoquismo”, en Obras Completas, Tomo XIX, Amorrortu Eds., Buenos Aires, 1976, p. 162.

[35]  Freud S.: “32ª Conferencia. Angustia y vida pulsional”, en Obras Completas, Tomo XXII Amorrutu Eds., Buenos Aires, 1991, p. 101.

[36] Lacan, J: El seminario, libro 7: La ética del psicoanálisis, Op. cit, 372.

[37] Ibíd., p. 128-129.

[38] B. Domb; M.S. Ferreyra; G. Lombardi; C. Marrone y I. Vegh “Interpretación”, en ¿Cómo se analiza hoy? Ed. Manantial, Bs. As., 1993, pág. 50. Isidoro Vegh: Las intervenciones del analista, Acme agalma editorial, Bs. As., 1997, pág. 93.

[39] Lacan, J: El seminario, libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1987,  p. 174

[40] Lacan, J: El seminario, libro 10: La angustia, Ed. Paidós, Buenos. Aires , 2006, p. 194.

[41] Lacan, J: El seminario, libro 23: el sinthome, Ed. Paidós, Bs. As, 2006, p. 59: “uno sólo es responsable en la medida de su saber hacer. ¿Qué es el saber hacer? Es el arte, el artificio, lo que da al arte  del que se es capaz un valor notable, porque no hay Otro del Otro que lleve a cabo el Juicio Final”.

[42] Complejas elaboraciones que Lacan realiza especialmente en el El seminario, libro 23: El sinthome (1975/76)- acerca del valor del sinthome como buen anudamiento del nudo borromeo RSI con el cuarto, que es precisamente el sinthome. Creo que resulta muy pertinente nombrarlo así –recurriendo a la forma arcaica de escribir “síntoma”– porque de esta manera destaca que es a partir del trabajo con lo que el analizante trae, su síntoma o, en las problemáticas graves, con los materiales que no han hecho síntoma por la operatoria de forclusión que produce lo transpuesto en lo real que no se anuda bien R-S-I con el cuarto (sinthome).

[43] Dimarco, R. M.; Favre, A. y otros, “Fundamentos de la práctica en Hospital de Día”, Eds. Del Azul, Bs. As., 1990, p. 2.

[44] Conclusiones del 9º Congreso de la Escuela Freudiana de París sobre “La transmisión”, Julio de 1978. Parues dans les Lettres de l’École, 1979, nº25, Vol. II, págs. 219-220.

[45] Lacan produce en francés homofonía con dimension (dimensión) y con dit-mansion (dicho mansión) y dit-mension (dicho-mención). Formas de considerar cómo la pulsión de vida alberga al sujeto en sus lazos.

[46] Ver la caracterización que hace Lacan en los capítulos XII, XIII y XIV de Los cuatro conceptos… acerca del montaje pulsional en el campo del Otro , de su circuito, del pasaje por el otro (prójimo) y del efecto de subjetivación (habiendo caracterizado a la pulsión como “la pulsión acéfala”).La pulsión –de vida – tiene que arribar a dicho efecto de subjetivación ( en las neurosis ,no así en las psicosis o en el autismo según veremos ) .La subjetivación en psicoanálisis parte de lo pulsional

[47] Favre, A. y Dimarco, R.M.: Variantes…, Vol II, Op. cit, p. 56. Concepto elaborado a partir de una propuesta de G. Maci.

[48] F. Tustin.es muy elocuente cuando dice que el objeto autista no representan nada, que es la cosa misma. Los trabajos clásicos teóricos y clínicos de Tustin, de M. Mahler, de D. Meltzer y tantos otros acerca del autismo y la psicosis son una vía regia para elucidar las vicisitudes de la pulsión de muerte y de los tropiezos de la pulsión de vida.

[49] Caracterizar al Otro con mayúscula sirve para dar cuenta que es cuestión de estructura y posibilita ubicar la perspectiva de la transmisión familiar, transgeneracional.

[50] Lacan, J., El seminario, libro 20: Aun, Ed. Paidós, Bs. As, 1981, p. 74. Lacan dice también “lo que no cesa de escribirse” (p.74), de ahí que propone que la clínica psicoanalítica, “clínica de lo real”, es la de la “función del escrito” (pp. 37 y siguientes).

[51] En Variantes… (Op. Cit.) presento un extenso relato clínico acerca de la consulta de un adolescente de 16 años, a quién llamé Jorge (Vol I, p. 405, lo titulé “Acerca del Ideal en la cura”), quien me tuvo en jaque con “su” pulsión de muerte. Comienzo mi relato de la siguiente manera: “’¿Alguna vez atendiste a algún asesino?’, dice Jorge en una sesión. Le digo: ‘¿Por qué me lo preguntás?’. Dice: ‘Porque debe estar re bueno tener como paciente a un tipo que haya matado’. Le digo: ‘¿Por qué?’. ‘Para saber qué sintió en el momento de matar… pero decime: ¿tuviste algún paciente asesino? Si tuviste contame porque quiero saber qué se siente en esos momentos’. Le digo: ‘Jorge, me parece que hoy querés hablar de nuevo de tus ganas de matar’. Dice: ‘Sí, la verdad es que a veces tengo muchas ganas. Hay tipos que hay que reventarlos, destrozarlos’. Le digo: ‘Hace unas sesiones dijiste que te hubiese gustado ir a la guerra de Malvinas’. Dice: ‘Sí, cada vez que pienso, me imagino en el frente matando a esos hijos de puta de los ingleses aunque tengan toda la ayuda de los norteamericanos. Los haría mierda, los destrozaría’. Le digo: ‘También dijiste: aunque me maten a mí’. Dice: ‘Pero antes me daría el gusto de matar a unos cuantos’. Le digo: ‘Me estaba acordando de aquella vez que te estabas peleando con un compañero en el colegio y –según dijiste– si no te separaban entre varios le ibas a seguir golpeando la cabeza contra el piso hasta reventársela, que le estaba saliendo sangre y que vos tenías muy claro que no pensabas parar…’. Dice: ‘Quería ver hasta dónde llegaba’”. Trabajo el material haciendo referencia a Genealogía de la Moral, de Nietzsche, donde dice cosas como: “el hacer sufrir, una auténtica fiesta…”, “la crueldad constituye en alto grado la gran alegría festiva de la humanidad” (Friedrich Nietzsche: La genealogía de la moral.  Alianza Editorial, Madrid, 202, págs. 74-75). En el material clínico surgen expresiones de Jorge tan fuertes como: “todos juntos, unas mierdas a quienes hay que reventar” , refiriéndose a directores y profesores del secundario y a sus propios padres; “aquí tendría que haber Ley Marcial. No es posible que a los militares se los deje en libertad después de haber matado a tantos”. Tal como mencioné en relación al relato clínico acerca de Sofía, también aquí mi implicación fue muy intensa tomando en cuenta, por un lado, los riesgos en los que se ubicaba (compulsivamente) Jorge, y, por otro, las referencias a Malvinas, a la Dictadura Militar, incluso a los sistemas coercitivos de tantos colegios.

[52]  Kaës Rene y Faimberg, H, Enriquez, M y Baranes, J.J.: Trasmisión de la vida psíquica entre generaciones, Amorrortu editores, Bs. As., 1996, págs. 13-29.

[53] Me refiero aquí a las teorizaciones y a las clínicas que las mismas posibilitaron de psicoanalistas como Pichon Riviére, Bleger, Goldenberg, Berenstein, Puget, Bernard y tantos otros. También cabe mencionar en el ámbito del psicoanálisis francés estructuralista a R. Kaës y su equipo.

[54] Lacan, J, “Variantes de la cura tipo”, en Escritos, Tomo I, Siglo XXI Eds, Arg. 1971.

[55] Remito a Favre, A. y Dimarco, R. Variantes...., Op. Cit.

[56] Favre, A. y Dimarco, R.M., Íbid, Vol II, p. 149 .Se desarrolla la diferencia entre la transferencia como lo transpuesto en lo real en las problématicas graves ( producciones tales como las alucinaciones , los delirios  los,pasajes al acto) y la transferencia simbólica ( producciones tales como fantasma ,síntoma ).Esta diferenciación hace a los  modos diferenciales de intervención en la clínica.

[57]  Lacan ,J.: El seminario, libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Ed.Paidós, Bs. As., 1986, pág. 155.

[58] Oury, J., “Algunos problemas teóricos de psicoterapia institucional”, Infancia alienada, Ed. Saltés, Madrid, 1980, pp. 127-128.

[59] Lacan, J, El seminario, libro 1: Los escritos técnicos de Freud, Ed. Paidós, Bs As., 2005, p. 175.

[60] Por lo que se va viendo, a mi entender, se trata de pensar y trabajar clínicamente con la concepción del nudo borromeo no sólo aplicado al sujeto sino también a los lazos y a sus efectos de ajustes y desajustes permanentes en el inter.

[61] Brook, P.: El espacio vacío, Ediciones Península, Barcelona, 1986, págs. 186-190. 

[62] Kafka, F.: El Proceso, Cátedra Eds. España, 1989, p.65.

[63] Íbid, p. 276.