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Entre la complejidad y la determinación. Peripecias del análisis de un niño.


Publicada el 04/10/2018 por Oscar Sotolano





Entre la complejidad y la determinación. Peripecias del análisis de un niño.

                                                                                      Oscar Sotolano

He decido presentar este trabajo a partir de algunos debates sobre los modos de de pensar lo causal en nuestro trabajo clínico cotidiano que se fueron dando en el Colegio en reuniones pasadas. Es un trabajo que fue presentado en la mesa inaugural del Congreso de la Escuela de Psicoterapia en el año 2014 que versó sobre el tema del paradigma de la complejidad, y que parece pertinente para esas discusiones. Luego de su lectura presentaré un material clínico con el fin de ilustrar las tensiones que el texto trata de puntualizar. En su momento lo titulé:

 

 Acerca de un modo sencillo (no simple) de hablar de la complejidad de la complejidad.

                                                     

El título suena a trabalenguas y tal vez lo sea, quizás el trabalenguas sea el modo sintáctico más preciso que encontré para formular lo que deseo transmitir.

Hacen ya muchos años (en verdad, muchas décadas) que se discute el problema de la complejidad. En nuestro país, en 1994, hace 20, se realizaron en Buenos Aires unas jornadas que abordaron el tema. Su resultado (entre otros), un libro: Temporalidad, determinación azar. Lo reversible y lo irreversible.  Allí encuentro muchas de las ideas que comparto y que se han nutrido de un similar campo de referencias. Pero más allá de esta aclaración sobre los antecedentes de la cuestión, me parece que la única manera de no hacer de aquellas referencias un prestigioso objeto de museo teórico o académico es tratar de ubicarnos en el problema de la complejidad hoy.  Entonces, si la pregunta es ¿qué decir hoy sobre la complejidad?, lo más pertinente, me parece, es reflexionar a partir de los modos en que escucho se la entiende cuando se la menciona. En una época que se la menciona sin cesar.

Es a partir de aquellas cosas que escucho que, desde el mismo título, complejidad está usada exprofeso en dos sentidos que me interesa diferenciar de entrada porque suelen confundirse. Uno, complejo en su acepción descriptiva de complicado, de conjunto conformado por elementos heterogéneos más o menos contradictorios; otro, en el sentido de una postura  epistemológica que, por otro lado, no es unívoca. Hay teorías de la complejidad que por momentos resultan antagónicas entre sí, aún cuando en ocasiones converjan. Como ven, ahora tenemos más complejidades sobre la mesa.

Diferenciar complejo de complicado no parece difícil. Un planteo novedoso de múltiples aristas puede ser complicado de abordar pero no remite necesariamente a la perspectiva epistemológica de la complejidad. Para dar un ejemplo que a todos nos interpela hoy: Que un ser humano nacido con genitales masculinos bautizado José decida cambiárselos (los genitales y el nombre) y devenir María y casarse con otro ser humano nacido María con genitales femeninos que también decide cambiar (genitales y nombre) y devenir José, ya es un problema complejo. Que ahora José y María decidan tener un hijo y le pidan a la hermana de María que preste su vientre y sus óvulos para que el esperma del hermano de José la fecunde por inseminación artificial, es sin duda más complicado todavía. Que de esas uniones nazca un 25 de diciembre un niño bautizado Jesús (en una versión aséptica de las pipetas: sin pecado concebido) podría elevarlo a la categoría de milagro del siglo xxi, no religioso sino científico (aunque no podemos perder de vista que en algunos sectores sociales la ciencia ha devenido la nueva religión) Pero siendo tan complejo, es decir, complicado el asunto, no basta con ello para que digamos que por sus propias características intrínsecas vaya a imponer que se lo aborde desde una epistemología compleja. Argumentos que van desde afirmar que “la sexualidad y el género son construcciones sociales” y entonces en lo que acabo de describir no hay ningún conflicto que tenga que ver con las particularidades de la cosa misma o que “la biología es destino” y entonces estamos ante graves patologías, pueden reducir lo descriptivamente complejo a una simplificación reduccionista. Es que un problema lleno de aristas puede remitir a lo complejo, pero si sus principios de organización teórica son lineales, concebidos en un sistema cerrado aunque estructurado de manera multideterminada, reversibles, imbuidos de una convicción de pronóstico certero, tendremos complejidad descriptiva pero no en la perspectiva epistemológica que la teoría así llamada impuso. Lo complejo así entendido, atrae como un imán a las simplificaciones (Como comentario al margen digamos que ése es el paraíso del mundo de los comunicadores mediáticos)

Por otro lado agreguemos que decir que algo es complejo es una manera a la moda de eludir cualquier responsabilidad interpretativa (con la dimensión ética que la implica) cuando somos convocados a opinar sobre alguna cuestión. “¡Oh! ¡Es un tema complejo!”, podemos decir con expresión reflexiva o preocupada, anticipando así nuestra voluntad de zafar por la tangente.

Por supuesto, la teoría de la complejidad (que es la que convocaba aquellas jornadas), más rigurosamente habría que decir “la teoría de la complejidad como problema”, lejos de eludir responsabilidades las asume al riesgo de que quien la suscribe en toda su radicalidad queda expuesto a recibir acusaciones de “oscurantista” tales como las que le hace Rolando García (un pensador relevante de la teoría de la complejidad) a Edgard Morin (otro, por cierto, más radical). Como vemos, tenemos entonces, por lo menos, tres modos de definir complejidad: una descriptiva, y dos teóricas que aludiendo a lo mismo se separan en un punto central. Este será el eje de mi desarrollo.

Como todos han escuchado o leído, la perspectiva epistemológica de la complejidad (insisto, la perspectiva epistemológica de la complejidad como problema – así la define Morin-) es heredera del cambio del paradigma newtoniano al cuántico.  Si con Newton la ciencia dio un salto extraordinario para encontrar causas en los fenómenos naturales que no apelaran a razones divinas sino materiales, Einstein produjo una revolución en la física pero también en todo el pensamiento científico, revolución que recuperó tradicionales debates filosóficos. Cuanto menos, exigió a las ciencias llamadas duras salir de su perspectiva férreamente determinista-causalista para introducirse en el mundo de lo inefable. Fundamentalmente, poniendo en jaque la determinación clásica pero (quiero resaltar esto) sin pretender destronarla hasta hacerla innecesaria. Recordemos lo que Einstein decía: Dios no juega a los dados. Este es otro problema que me interesa retengan, porque lo retomaré.

Entonces, si la perspectiva de lo complejo alude a algo es, en primer lugar, a lo que se han dado en llamar “sistemas abiertos”  en contraste con los “sistemas cerrados” como pueden ser la medición  de los efectos del choque de dos bolas, el movimiento del péndulo o la caída de un cuerpo en el vacío; la llamada teoría de la complejidad pone en cuestión los enfoques causalistas y instala la causa fuera de cualquier campo de observación directa. La causa está irremediablemente perdida solemos decir hoy los psicoanalistas. Los fenómenos no se dan en una temporalidad lineal sino en un tiempo irreversible – la famosa flecha del tiempo- (nos lo recuerdan los pacientes cuando nos dicen que lo que les pasó en la infancia no lo pueden modificar)  y también una temporalidad recursiva. Es decir, un tiempo donde los efectos trastornan las propias causas. (Allí sí el sentido de la infancia como causa puede modificarse) El nachtraglichkeit- après coup-retroactividad al que tanto nos solemos referir alude a ello. Lacan lo potenció con su conocida fórmula: “el emisor recibe del receptor su propio mensaje en forma invertida”. Nunca sabemos lo que vamos a decir hasta que terminamos de decirlo: Un lapsus puede atentar contra nuestra vanidad sin sombra de clemencia, no sé cómo va resultar esta exposición hasta que termine. Lo menciono para indicar que Freud  fue uno de los pioneros del pensamiento complejo incluso antes de contar con los recursos epistemológicos que hoy le dan consistencia lógica. Las explicaciones de un campo no están en sus componentes sino en las lógicas de ese campo de conocimiento que le darán retroactivamente sentido a dichos componentes. Cuando Marx dice que la clave de la anatomía del mono está en la hombre y no al revés  Cuando Laplanche desarrolla cómo nuestra biología se reorganiza en nuestro mundo simbólico, cuando el premio nobel de fisiología y medicina Jacques Monod dice en su imprescindible libro  El azar  y la necesidad: “El hombre es un ser cultural por naturaleza porque es un ser natural por cultura”, cuando la filósofa y militante queer Beatriz Preciado dice refiriéndose a Judith Butler (la teórica de lo que se ha dado en llamar feminismo constructivista): “el género no es simplemente performativo (es decir un efecto de prácticas culturales lingüístico-discursivas) El género es ante todo protético, es decir no se da sino en la materialidad de los cuerpos. Es puramente construido y al mismo tiempo enteramente orgánico”…… también aluden a una lógica recursiva, a tiempos no lineales, a determinismos caóticos, tal como lo formularan en el mundo de la física Ilya Prigogine o R. Thom, pioneros en el tema que nos convoca.

Aquí la palabra que hace la diferencia es la que está en el título del libro de Monot, me refiero a azar, palabra que pone los pelos de punta a algunas perspectivas de lo complejo. Y palabra que tiene un lugar central, a su vez, en alguna de las perspectivas teóricas de Freud (recordemos que el fundador del psicoanálisis, como todo gran pensador es atravesado por varias que pueden ser resultar contradictorias entre sí). Dice en el Leonardo: “…Cuando se considera al azar indigno de decidir sobre nuestro destino, ello no es más que una recaída en la cosmovisión piadosa…. Naturalmente, nos afrenta que un Dios justo y una Providencia bondadosa no nos protejan mejor de tales contingencias en el período más indefenso de nuestra vida. Así, de buena gana olvidamos que en verdad todo es en nuestra vida azar, desde nuestra génesis por la unión de espermatozoide y óvulo, azar que como tal tiene su parte en la legalidad y necesidad de la naturaleza, sólo que no posee vínculo alguno con nuestros deseos e ilusiones.”

 Por cierto, esta primera cita de Freud matiza, sin anularlo, el fuerte determinismo interno, inconsciente, que postulaba en Psicopatología de la vida cotidiana. Tiene en ese texto un capítulo entero dedicado a la cuestión.

Pero en Dinámica de la transferencia, reafirma: “Disposición y azar determinan el destino de lo humano, rara vez, quizás nunca, lo hace uno sólo de estos poderes” y al final de su obra en Análisis terminable e interminable, declara no desconocer “la idea moderna del reconocimiento del azar”. Para Freud es una categoría central en su pensamiento, en ese sentido se inscribe retroactivamente en la tradición de los teóricos de la complejidad más radicales, como el “oscurantista” Morin.

Por qué pongo el azar en el centro. Porque un sistema puede ser abierto, no lineal, autorganizativo, de pronóstico probabilístico pero no tener al azar como un elemento central de su estructura. Tal la posición implícita de Rolando García quien a lo largo de todo el desarrollo de su libro Sistemas complejos, no hace referencia al azar como categoría en el interior de la cual pensar, y es desde esa ausencia que acusa a Morin de oscurantista. El azar sería concebido como un problema de ignorancia temporal, a lo sumo un problema estocástico, para el determinismo probabilístico, no un problema ontológico de la vida. En ese punto, la idea del propio Freud sobre la sobredeterminación o algunas de las formas en que a veces se entiende su propuesta de las series complementarias puede  aludir a un sistema complejo en un sentido descriptivo o en la acepción de García, pero no necesariamente lo es en el sentido de Morin o de Monot[1], Un sistema regido por la determinación clásica se comprueba en un pronóstico certero que responde a leyes. Puede ser un sistema donde convergen determinaciones múltiples y hasta caóticas, en ese sentido, de formato complejo, pero no será un sistema condenado a la incertidumbre como lo postula la perspectiva más radical. En palabras de Morin: " La teoría de la complejidad implica el reconocimiento de un principio de incompletud y de incertidumbre.

Remarco, entonces, que lo decisivo del paradigma de la complejidad que, a mi entender, más involucra al psicoanálisis es que incluye lo contingente, las fluctuaciones no predeterminables, los accidentes y las catástrofes en el cuerpo mismo de su perspectiva teórica y en los avatares de su campo de investigación clínica. El azar no es un factor más, sino el factor que jaquea la determinación clásica. La perspectiva epistemológica de la complejidad construye un objeto que llama sistema que tiene un agujero inasible en su interior. No hay objetos- sistemas en sí mismos abiertos o cerrados sino perspectivas epistemológicas que los constituyen abiertos o cerrados. En esa vertiente convergen distintas búsquedas científicas. Desde el principio de indeterminación de Heisemberg, a los teoremas de la incompletud de Gödel que hallamos en la cita de Morin que acabo de resaltar. O, como antecedente, Darwin con su teoría de la evolución que tiene lo azaroso de la mutación en su centro. Nadie podrá preverla, aunque sí explicarla científicamente una vez producida. El azar está en el corazón mismo de la evolución. Cualquier idea totalizadora,  cualquier idea sostenida en un postulado de totalidades previsibles está puesta en cuestión de antemano.

¿Por qué insisto sobre ello? Porque cuando Rolando García denomina a la perspectiva de Morin oscurantista es porque concibe la complejidad como un campo de factores en red que exige una perspectiva multidisciplinaria, en rigor, interdisciplinaria particular, donde  diversas disciplinas definen una pregunta, es decir un objeto de estudio, de la que brotará una respuesta, pero sin incluir la imposibilidad estructural de que esa pregunta y esa respuesta sean irreductibles a cualquier pretensión de totalidad, incluso acotando el campo.  Ese  es el punto, a mi parecer central, de la teoría de la complejidad que me interesa resaltar. La teoría freudiana de la castración, la insistencia en la falta en Lacan, el modelo de Winnicott de la ausencia de la madre construida sobre su presencia para constituir el objeto transicional ponen blanco sobre negro ese rasgo de la vida y de la mente que se sostiene en los principios de incompletud e  incertidumbre. Toda esta perspectiva nos abre al campo de la creación, en la vida en general y en el campo del análisis en particular. Creación sobre la que tanto insistimos en nuestras reuniones.

Ahora bien, hecho este resumidísimo desarrollo, tomemos el otro punto central: ¿dónde queda la determinación? ¿si la causa está perdida es por ello vano el intento de  cercarla? ¿Los psicoanalistas no podemos hacer pronósticos estimativos aunque contemos con indicios y no con leyes? ¿Deberemos entregarnos a los caprichos de Hades y esperar que pase lo que pase para luego decir con cara de sabio: ¡esto es lo que tenía que pasar! Ahora expliquémoslo?

En mi opinión, no, y más allá de las referencias a autores que pueden compartir este punto de vista me interesa que lo pensemos desde la experiencia de nuestro trabajo. En efecto, por más que  sabemos que hay algo que nunca será asible en cualquier experiencia de la vida en general y en nuestra experiencia como clínicos en particular; que lo nuevo, lo creativo están en el corazón de lo que hacemos, también sabemos que cuando vamos haciendo un diagnóstico estimamos que ciertos rasgos metapsicológicos pueden tener (no que necesariamente los vayan a tener) altas probabilidades de evoluciones pronosticables. Sabemos que si un niño de 5 años tiene problemas de simbolización o es dominado por pulsiones indómitas le será muy difícil el aprendizaje en los primeros grados. Sabemos que si un paciente es víctima de una intensa susceptibilidad narcisista, una intervención nuestra bajo la forma del chiste puede ser vivida como una burla para su vulnerable yo. Sabemos que un paciente sin capacidad metafórica o marcado  por imposiciones superyoicas severas puede entender nuestras palabras como órdenes o preceptos más o menos crueles. Sabemos cosas que nos permiten, hasta cierto punto, pronosticar y anticipar los efectos de nuestras intervenciones. ¿Dónde quedan entonces las anteriores reflexiones sobre el azar estructural, lo creativo, lo nuevo?

A mi parecer, ésta es la tensión que cualquier psicoanalista debe sostener: aunque el objeto de estudio (el inconsciente) puede ser epistemológicamente abierto, ese mismo objeto puede cerrarse en tanto objeto de una experiencia epistémica (en el psicoanálisis, epistémico emocional) particular. Reformulando la sentencia de Nietzsche  “No hay hechos, hay interpretaciones” (a la que siempre le he agregado que tampoco interpretaciones sin hechos) digamos: “No hay sistemas abiertos o cerrados, hay interpretaciones abiertas o cerradas”. Interpretaciones complejas que tratamos de formular con sencillez, a sabiendas que el trabajo de la interpretación (interpretación que hacemos, no que necesariamente decimos) se da en esa tensión.

 Aunque el psiquismo humano sea un sistema abordable como abierto nuestro trabajo en el consultorio implica también recortar sistemas cerrados en el mundo de las contingencias de la vida psíquica. Cuando interpretamos la llegada tarde de un paciente como una reacción a nuestra ausencia por un par de semanas, estamos constituyendo un sistema cerrado donde rigen leyes newtonianas (o al menos, construimos causalidades o sistemas de sentido de tipo causal, muy precarias, ad hoc.) Cuando establecemos conexiones entre decires del paciente y situaciones de la transferencia, hacemos lo mismo. Sin desconocer el sistema abierto, trabajamos en espacios que hacemos cerrados. Construimos espacios de sentido para romper los sentidos de su yo, no para suplantar un sentido por otro. Buscamos analizar, no imponer causalidades. Pero analizar exige sugerir algunas causas para que lo nuevo, lo sorpresivo para ambos, emerja. Hace ya mucho vengo insistiendo en que la tarea de analizar, que Laplanche definió como una tarea  antihermenéutica – analizar en el sentido químico que Freud le dio de desagregar elementos-, se realiza con recursos hermenéuticos[2].

De modo inverso, cuando un paciente nos plantea una hipótesis causal cerrada abrimos a otras causalidades o incluso a la falta de cualquier causalidad. Esto se me hace evidente, por dar un ejemplo de nuestra clínica, si consideramos el tema más radical del azar: me refiero al de la muerte como sombra humana. Pienso en esas  primeras reacciones usuales frente a la pérdida de un ser querido: En tanto nada suele ser más difícil de aceptar que ese extremo azar que es la muerte (aunque paradójicamente sea nuestro destino más infaliblemente predictible), allí vienen las causalidades caprichosas a traer algún consuelo, aunque sea un consuelo culposo: “si hubiéramos llamado al médico antes”, “si hubiéramos hecho una interconsulta”, “si se hubiera quedado en casa como pensé y no le dije”… si…si…si. Todos condicionales que apuntan a borrar la castración extrema que la muerte encarna en tanto enigma fundante. Creo que esta tensión productiva entre una perspectiva determinista clásica y otra que remite a la indeterminación del azar, resulta vital para sostener toda la experiencia del análisis y del pensamiento en general.

Se suele afirmar que las perspectivas epistemológicas que piensan en términos de sistemas cerrados son dogmáticas. El propio Morin es responsable de estas ideas con sus reflexiones acerca de que la enfermedad de la idea es la idealización, la de la teoría el doctrinarismo y el dogmatismo, y la de la razón, la racionalización, modo de formularlo que Luis Hornstein viene popularizando entre nosotros hace años. No haré hincapié en la cuestión que merece una discusión de que llamar a estas derivas “enfermedad” ya supone una patologización de mecanismos de defensa y modos de posicionamiento subjetivo que pueden ser normales. Hay en ello, a mi entender, un resto de pensamiento lineal en el que hasta el más profundo pensador de la teoría de la complejidad puede trastabillar. Sí se podría decir que suele haber cierta correspondencia entre pensamiento cerrado y dogmatismo. Pero también se puede ser un dogmático del sistema abierto. El dogmatismo es un modo de posicionamiento subjetivo, no una manera de descalificar una perspectiva epistemológica o un argumento o cuerpo de argumentos. El tema de la complejidad no se dirime entre dogmáticos simples y pensadores abiertos complejos, sino en el reconocimiento de que ambas perspectivas epistemológicas pueden resultar necesarias (deben estar abiertas unas a las otras) de acuerdo a lo que pretendamos investigar (y recordemos que nuestra clínica es simultánea y básicamente una investigación de corte artístico artesanal muy particular; como ya dije en otro momento, el psicoanálisis es un arte con pretensiones legítimas de cientificidad[3]). En todo caso, el problema de una teoría es que sea reduccionista, la cuestión del dogmatismo involucra sobre todo el campo de la política (en este caso, científica) Gritar ¡viva lo complejo! sin considerar cómo el conocimiento avanza construyendo objetos cerrados hacia adentro pero abiertos hacia el mundo, puede devenir en una nueva dogmática donde todo vale. Un dogma de la novedad y la libertad en abstracto. En ese caso, la novedad se legitima a sí misma en un permanente après coup sin relación con ningún referente temporal anterior o coexistente. Lo nuevo, que es hoy, además de muchas otras cosas, una creación  imprescindible de la lógica de acumulación capitalista, se impondrá entonces como fetiche, no como proceso, movimiento o dinámica. Será una novedad que no se recorta en ninguna historia.

Como ven, no suscribo dogmatismos de retórica antidogmática, políticamente tan bien vistos entre gente tan tolerante hacia las diferencias como nos gusta creernos. El dogmatismo es un modo de funcionamiento mental humano y de posicionamiento subjetivo como lo son aquellos que permiten explicar las creencias (religiosas o de cualquier índole). Creer es un acto reacio a la razón, tiene su matriz en la dimensión constituyente de lo que Freud llamó alucinación primitiva[4]. Pretender imponer la razón a la creencia como su opuesto puede ocultar nuevos dogmatismos. El tema de la teoría de la complejidad no está en si evita un dogmatismo que muchas veces resulta imprescindible en ciertas circunstancias de la vida de las personas y los pueblos, sino en la riqueza de perspectivas que ofrece para entender al dogmatismo mismo como un componente problematizador más de la vida humana. Los que tratamos adolescentes sabemos de los ciegos dogmatismos, fanatismos, idealizaciones, racionalizaciones que hacen a las estructuraciones psíquicas con las que trabajamos, sin embargo, nuestra tarea no consiste en desmantelarlas con razonables razones tildándolas de enfermas sino en sostenerlas como un dato subjetivo, en entender su función mental para ese sujeto singular.  Es un trabajo complejo, para nada sencillo aunque buscamos ser sencillos al formular interpretaciones. Simplificarlo a golpes de una ética de lo complejo horada la dimensión compleja de la propia experiencia subjetiva, abierta a lo impredecible..

Por último, muchas veces se resuelve el tema de lo complejo con una apelación a la interdisciplina. Imposible abordar ahora un tema tan vasto y cuyos detalles se me escapan, pero para finalizar quiero decir que la cuestión para los psicoanalistas no está sólo en trabajar interdisciplinariamente, a veces es imprescindible (recordemos al respecto el lugar central que tiene la interdisciplina en la Ley de Salud Mental) a veces no, sino, fundamentalmente, en tener nosotros, los psicoanalistas, cabezas interdisciplinarias donde tratemos de dialogar con los múltiples problemas que el conocimiento impone. Es esperable que sepamos que hay mundo más allá y más acá de nuestros soportes teóricos doctrinales. Mundo que tiene también preguntas. Un mundo que nos interpela con sus propios enigmas y respuestas. En ese sentido, la formación de psicoanalistas debería orientarse no sólo al conocimiento de nuestras teorizaciones específicas, sino a promover el interés hacia perspectivas más amplias que las de nuestro propio terruño.

Al principio les dije que el título encerraba todas las tensiones de la exposición. Llegando al final espero haber transmitido esa tensión.

 6 de noviembre de 2014

 

El material clínico con el que se trabajaron estas ideas en la reunión del 4 de octubre de 2018 (al que el título hace referencia: Peripecias del análisis de un niño),  no está incluido por razones de resguardo de la intimidad del paciente.

 



[1] Recordemos que aunque en las series complementarias el azar es un elemento central de la serie –los accidentes de la vida infantil y lo constitucional- también es cierto que a veces Freud cierra el sistema al plantear que el aumento del factor accidental disminuye en magnitud equivalente el constitucional y viceversa. Se encuentra allí una lógica similar a la de los vasos comunicantes que retiran energías de un sistema para trasladarlo a otro excluyendo las posibilidades neogenéticas

[2] Ver, al respecto, Oscar Sotolano, “Interpretación y/o intervención.” En Bitácora de un psicoanalista. Cap. X. pág. 125. Ed. Topía. Buenos Aires. 2005

[3] O. Sotolano, ibid, pag.

[4] Acerca de esta cuestión ver “Creencia y Verdad. ¿Cómo es que creemos en lo que creemos? ¿Por qué creemos que ello es verdad”, y “Mentira, verdad, fantasma y desmentida en las creencias…políticas”, ambos artículos en el sitio del Colegio de Psicoanalistas.  http://coldepsicoanalistas.com.ar/biblioteca-